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viernes, 16 de octubre de 2026

MI ESTANCIA EN UN PUTICLUB DE CATEGORÍA.

 Publicado en Minuto Crucial el 24/02/2024

Lo prometido es deuda. Os dije hace unos días, por medio de redes sociales, que iba a contaros mi experiencia en un lupanar, uno de esos lugares donde los socialistas se sienten mejor que en su casa, y aquí me tenéis haciéndolo a modo de artículo de opinión en Minuto Crucial.

Tendría sobre 16 o 17 años. Por aquel entonces estaba trabajando, porque yo empecé como botones en Caja Madrid a los 16, como alguno bien sabe. En la dirección de aquella oficina había dos tipos: un director y un subdirector, a cuál más chulo y prepotente, socios en muchas cosas dentro y fuera del trabajo, tal y como supe después.

El subdirector, de nombre Justo, me dijo que cogiera un taxi y me fuera a una dirección de la calle Capitán Haya. Allí debía recoger el DNI del director, que se lo había dejado el día anterior en el domicilio en el que ambos habían estado. Supuse que sería un despacho, oficina, empresa o algo parecido.

Cuando me presenté en ese lugar, uno de esos portales señoriales con portero uniformado, éste me miró de arriba a abajo. Al preguntarme a qué piso iba y responderle, abrió un poco más los ojos; además, creí ver el leve esbozo de una sonrisa. De modo que subí y llamé al timbre. Fue entonces cuando me abrió una señora estupenda, supongo que recién entrada en los cuarenta, y como respuesta le dije que venía de parte de Fulanito a recoger algo que se había dejado Menganito.

En ese momento, me franquea el paso invitándome a sentarme en el sofá y esperar. Mientras lo hago, otra señorita pasa por el salón dedicándome una mirada apreciativa junto a una sonrisa extraña. Justo ahí es cuando me doy cuenta de que ese lugar no parecía una oficina, que era adonde creía que iba, pero tampoco tenía claro lo que era. En muchas cosas, a esa edad, estaba bastante verde.

A los cinco minutos, aparece la primera señorita llevando un sobre con el DNI dentro. “Bueno, pues aquí tienes. Vuelve cuando quieras”. Y me guiña el ojo... Así que me fui pensando en para qué querría yo querer regresar allí. Pero luego, durante el trayecto, y con algo de imaginación, deduje inmediatamente dónde había estado. Para mí, era algo incomprensible que dos tipos como aquellos, que presumían tanto de sus mujeres e hijos, a quienes alguna vez había visto por la oficina, frecuentaran esos lugares.

Como aprendí al poco tiempo, también eran sinvergüenzas y ladrones, por simplificar. El director, en concreto, Manuel Montoro Martín, tenía por aquel entonces una discoteca en AZCA, adquirida de forma extraña. Este tipo convencía a clientes para que pidieran préstamos que, en realidad, eran para financiarse él. Supongo que a cambio de favores claro. Yo acababa de salir del instituto y ese mundo laboral y social me parecía completamente ajeno y desconocido. De todos los chanchullos, él salió bien parado porque no se le pudo probar nada por mucho que se intentó. El subdirector, en cambio, que en el fondo era un pobre infeliz como supe luego, acabó mal. Despedido y alcoholizado, aparecería un día muerto en la calle años más tarde.

Como estaba contando, llegué a la oficina y el director estaba ocupado, de modo que le di el sobre al subdirector. Al llegar la hora de cerrar y no haber ya clientes, salieron ambos del despacho charlando entre risas y, al verme, el primero dijo: “Así que has mandado a Alfonso. ¡Pues vaya, ja, ja! De haberlo sabido, habría llamado yo para que le hicieran un buen recibimiento de mi parte, ja, ja, ja…”. Todos se rieron menos yo, que enrojecí hasta la raíz del pelo, haciendo como que sonreía. Siempre he sido algo tímido, pero entonces lo era exageradamente.

Ese día volví a casa agradeciendo a los dioses hasta el infinito, y aún lo hago, que el impresentable director putero no hubiera sabido antes que iba a ser yo quien iría a por su DNI. No quiero ni imaginarme el ridículo tan espantoso para mí en el que todo habría acabado. Y hasta aquí mi historia con las casas de meretrices. Quedo a la espera de leer las vuestras.

jueves, 16 de noviembre de 2023

El bar triste.

Hoy he vuelto a aquel bar. Han pasado 25 años y ahí sigue. Está en el mismo sitio y con el mismo nombre, lo que es muy raro porque nada hay ya igual en todo el barrio, calle Alcalá, zona de Pueblo Nuevo. Era un bar de aquellos de antes, en los que abrías la puerta y, desde detrás de la barra, un camarero uniformado y con 40 años de experiencia te gritaba aquello de pasen señores, al fondo hay sitio. 

Aquel bar tenía, como muchos entonces, cartelones con fotos de raciones de oreja a la plancha, chopitos, gambas, chipirones, champi o chorizos a la sidra. Entrabas y, con el olor de la cocina, el humo del tabaco y una cerveza, casi habías ya comido. El camarero era tu amigo desde el momento en el que llegabas y más cuando te ponía un aperitivo gratis, como era costumbre, además de decirte sin que le preguntaras que hoy las gambas eran especiales y que te ponía, caballero, una docenita. Y era siempre verdad, hacías bien en hacerle caso. Era un torbellino que no dejaba de hablar con la gente todo el rato, sea de fútbol, de política, de mujeres o de las obras de la calle. Tendría seguramente a veces todos los dolores de mundo por estar 10 horas de pie pero nunca se lo notabas. Era una alegría llegar allí. Y siempre, siempre, te despedía a voces con un "su vuelta, muchas gracias, caballero, buenas tardes".

Así que, con esos recuerdos frescos, hoy he abierto de nuevo esa misma puerta a las 11 de la mañana. Como digo, parece el mismo: igual distribución, ninguna reforma de importancia pero... nada que ver. Para empezar, nadie me dice una palabra cuando abro. Ni hola ni nada. Hay 5 clientes: dos solos en la barra, cada uno consultando su teléfono móvil, con una cerveza cada uno; otro, lo mismo en una mesa y una pareja mayor en una mesa apartada con cafés y algo de bollería. Silencio, si no fuera porque en la tele están hablando del descuartizador de Indonesia.

Llevo a la barra y mis peores temores se confirman: dos camareras tristes nacidas al otro lado del Atlántico. Y digo tristes y las compadezco, por supuesto. Está claro que son peces fuera del agua. 3 minutos después de llegar a la barra, se acerca una y me mira lánguida. Ha musitado algo bajito y entiendo que me habrá preguntado que qué quería. Así que le he pedido un pincho de tortilla y una cerveza. Y me lo ha puesto diligentemente en completo silencio.

Me fijo en los carteles. Son mucho más coloridos que entonces pero ya no hay raciones. Ahora hay bocadillos, sandwiches, hamburguesas y pinchos tipo "montaditos". Adiós oreja, adiós champiñones, adiós chorizo a la sidra, adiós a los riñones a la plancha. Bocadillos... Antes sólo había bocadillos de jamón, de lomo o de tortilla francesa. Ahora tienen 16 clases de bocadillos, incluidos los "vegetales" y otros desconsuelos parecidos. Y, además de cerveza, tienen "radler" varias y trampantojos similares. Es la era de las trampas al solitario.

Bocadillos y, como digo, tristeza. Mucha. Hace 25 años, a esas horas, el bar estaba lleno de gente trabajadora en su pausa del almuerzo. Con sus prisas, sus voces, sus saludos exagerados, sus "ponme otra, que me voy", el sonido de monedas en el mostrador y en el bote, el de las tragaperras, la televisión, las risas... La vida. Ahora, en vez de trabajadores, hay gente ociosa y con mucho tiempo que perder y eso se nota. Hemos cambiado costumbres, demasiadas.

No hay vida. Es un lugar desangelado, frío y aséptico como la cafetería de un aeropuerto. Como una nave espacial de esas que tienen la comida en pastillas y en las que sólo se oye un zumbido de fondo. Así que he observado con detenimiento cada rincón intentando recordar los ratos que allí pasé y las personas con las que había estado porque es muy probable que jamás vuelva a entrar.

Hemos ganado en colorido, tanto en cartelería como en tonos de piel pero hemos perdido la esencia de lo que somos. Ya no siento ese bar como mío. Ni ese ni muchísimos otros. No sé a ustedes pero a  mí no me compensan estos cambios.


lunes, 20 de marzo de 2023

¡Volveré!


VALENCIA, ABRIL DE 2009...

El General Mc Arthur pronunció, tras ser desalojado de Filipinas por los japoneses en 1941, su famoso “¡Volveré!”. Y lo hizo. Tres años más tarde, las fuerzas aliadas bajo su mando desembarcaron en la isla de Leyte, el 20 de octubre de 1944, cumpliendo su juramento. 

Hoy me voy de Madrid. Con ilusiones, con ganas de mejorar, un poco como se iban nuestros emigrantes en los años sesenta. A buscar el sustento, en este caso emocional, que no económico. E igual que ellos me sentiré. Me dejo aquí parte de mi corazón. 

Me voy de Madrid y me cuesta creérmelo aunque yo mismo lo esté escribiendo. Hoy Madrid tiene otro color, un color más gris. La gente va a lo suyo, como todos los días. No parece importarle que me vaya de aquí. ¿Pero es que no lo ven? Hoy todo huele a despedida. Miro cada cosa sabiendo que es por última vez. Se cierra un capítulo de mi vida que ha durado 45 años, todos los que tengo. Pero 45 años no son muchos en un lugar más que milenario como este. 

Ahora nada será igual. Hay una cosa que será mejor: que estaré con mi familia. El precio será alto, muy alto. El precio es nada menos que abandonar la ciudad en que nací, crecí, la que conozco, admiro, padezco, deseo y sueño. La capital del Imperio. La generosa y abierta Madrid, siempre dispuesta a adoptar como propios a los hijos ajenos, cual Loba Capitolina. El lugar de España donde menos importa la procedencia. Da igual de donde vengan. Parodiando el viejo chiste de bilbaínos, Madrid concede a todo el mundo el derecho a ser madrileño, sea donde sea donde haya nacido, solo que en este caso no es un chiste, sino la más pura realidad. 

Además, tengo un hijo madrileño. No deseo que vea a Madrid como algo ajeno. Madrid es la ciudad de su abuela, de su padre y la suya propia. Deseo que crezca sabiendo y apreciando el lugar del que proviene, sus raíces, su historia y, quien sabe, ojalá que buscando hacer el camino inverso al que he hecho yo. También espero que nunca me culpe por haberlo sacado de allí porque me rompería el corazón. Que sea feliz esté donde esté, pero que la “morriña” le entre y alguna vez y decida volver. Y yo que viva para acompañarlo. 

Es difícil abandonar Madrid de buen grado, como es difícil abandonar a un hijo o a una madre. Y dejar Madrid y a la vez a los padres es, me atrevo a asegurar, de las cosas más dolorosas que uno puede sufrir.

Madrid, el Madrid antiguo y sabio es ese libro abierto donde cada día aprendes algo. Donde cada esquina y cada plaza dan para escribir varios capítulos. La Historia tiene aquí un buen filón. Haber sido la capital del Imperio más vasto y poderoso del mundo durante 300 años no es algo baladí. Imprime carácter. Desde aquí se conquistaron continentes enteros. Desde esta ciudad, con poco más de 200.000 habitantes, se mantuvo a fuerza de espada y arrojo la fe católica en medio mundo. Se contuvo al turco en Viena, a los protestantes en Flandes, a los piratas en el Caribe y en todo el Mediterráneo, se luchó en África hasta Libia, en Europa hasta Grecia o Inglaterra, se fundaron ciudades en América del Norte y del Sur o en Filipinas. En fin, desde aquí se gobernó medio mundo y la Corte de Madrid era la más importante de todo el Orbe, donde todo el mundo quería venir a medrar. No, no es fácil abandonar Madrid porque Madrid lo ha sido todo.

 

Madrid es también, al fin y al cabo, una extensión de la cercana Castilla. Y su carácter austero, relajado en parte por la inagotable llegada de gente de otras partes de España,  está presente en los madrileños de varias generaciones. Un carácter socarrón, cínico incluso, sabihondo, preciso en las palabras y parco en los gestos. Que da cosas por sabidas porque aquí se sabe todo. Chulo, sí. Si chulería es presumir de lo mejor, pues debe ser eso lo que hay aquí.

 

Madrid es viejo y nuevo a la vez. Y las dos cosas me gustan. Es un poliedro completísimo donde encontrar templos egipcios de 4000 años e inverosímiles gigantes de acero y cristal de 250 m. Es tan grande que cabe todo y tan pequeño como para caber él mismo en el corazón. En este caso, en el mío.

 

Me llevo una parte de Madrid conmigo que luciré cual condecoración y de la que presumiré en todas partes y en todo momento, pero también dejo aquí una parte de mí. Hay que estar muy loco para abandonar el mejor sitio del mundo. Yo debo de estarlo. 

Pero no me voy para siempre. Si pensara que me voy para siempre, debería hacer parada en Ciempozuelos y quedarme allí. Un madrileño como yo no se va de Madrid si no es de vacaciones. El resto del mundo es muy bonito pero es tan solo eso: el resto del mundo. Y todos los demás lugares son bellos, o cálidos, u hospitalarios, o lujosos, o alegres o…pero no son Madrid, mal que me pese. Y no pueden ser un lugar para vivir. El resto del mundo es tan solo una pasable segunda residencia. 

Por eso he decidido que me voy de vacaciones. Me voy a Valencia con mi familia. Me tomaré unas largas y espero que fructíferas vacaciones, que interrumpiré de cuando en vez para volver por el foro a tomar algo con Neptuno o dar un paseo con Cibeles. Para ver cuantos kilómetros de Metro más se han construido (ahora, desde mi casa a Sol sin transbordos) o para comprobar si los bocatas de calamares o el chocolate con churros siguen sabiendo aquí a gloria bendita, como en ningún otro sitio. O a darme el placer de beber agua del grifo, algo con lo que ni siquiera sueñan en ningún lugar del Mediterráneo.

Necesitaré venir a Madrid de vez en cuando como los cetáceos necesitar subir a la superficie. Una cuestión de supervivencia.

Espero que no me guardes rencor, mi Madrid del alma, por abandonarte ahora pero es por una muy buena causa. Y prometo que alguna vez se acabarán estas vacaciones. Quizá en 10, 20 o 30 años, pero se acabarán. Y entonces cumpliré, como Mc Arthur, con la promesa que hoy hago. ¡Volveré! No sé como ni cuando, pero lo haré. 

 

 

 

 

sábado, 12 de septiembre de 2020

FIRMADO: MIGUEL BLESA DE LA PARRA.


Publicado en Minutocrucial.com el 11/9/2020

Serrat habla de aquellas pequeñas cosas del pasado que podemos encontrar en un rincón, en un papel o en un cajón. Es éste el caso. Ordenando papeles, me ha sobresaltado uno muy especial: tengo en mis manos la carta que me dirigió el 30 de junio de 2005 Miguel Blesa, presidente entonces de Caja Madrid, felicitándome por el inminente cumplimiento de mis primeros 25 años en la Entidad, al mes siguiente.
Esa misiva está encabezada por un “Querido Alfonso” de su puño y letra y acaba, también de igual manera, con un “Enhorabuena y un fuerte abrazo”. Y firmada por él, por supuesto.

Impresiona mucho, la verdad, saber que la mano que rubricó esto es la misma con la que, años más tarde, sujetaría la escopeta con la que se quitó la vida. Reconozco que he estado unos minutos en estado de shock.

La memoria de casi todos los muertos, en lo personal, merece respeto. La de Miguel Blesa, también, por supuesto.

Pero esto es en lo personal. Aparte de eso, no lo merece la banda de desalmados, entre los que se encontraba, que atracaron las Cajas de Ahorro sin pasamontañas y sin medias en la cara, llevándose por delante 300 años de historia de dedicación a las clases populares y de aportación a la sociedad a través de las Obras Sociales, que fue para lo que se crearon. Y él no era de los peores. Después de que las ratas y buitres locales (luego hablaremos de ellos) y nacionales se abatieran sobre ellas, sus despojos han tenido que ser malvendidos al sector bancario, que esperaba ávido a que cayera su competencia. Porque hay que recordar que las Cajas llegaron a ser hace menos de 20 años más del 50 % del sector financiero en España. Algo que no se podía perdonar desde la banca.

Cada Caja habrá tenido su historia y no las conozco todas. Sí sé que han sobrevivido con dignidad sólo las más despolitizadas, como La Caixa (ahora convertida en Caixabank), Caixa Pollensa y Caixa Ontinyent.

Yo tuve la suerte de vivir la primera época y la desgracia de padecer la segunda y las consecuencias laborales de la misma.

El llamado “capitalismo de amiguetes” de los ‘90 y 2000 fue posible por las reformas legales de las Cajas de Ahorro en los años 1977 (Fuentes Quintana), ‘81 y ‘86, que tergiversaron su papel equiparando su funcionamiento a la banca, que no su gestión y su estructura de balance. Y, sobre todo, por la voracidad de las Comunidades Autónomas, que cayeron sobre ellas como piojos en limpio, con una voracidad y falta de escrúpulos digna de muchos años de cárcel, amparadas por el Banco de España y resto de reguladores en los que, por supuesto, nadie se ha suicidado ni falta que les ha hecho.

Debemos pocas cosas buenas a las CC.AA. y muchas malas. Con seguridad, una de las peores es ésta, la liquidación de las Cajas. Los jefecillos de cada taifa vieron los cielos abiertos en cuanto se les abrieron también las cajas acorazadas de ese 52 % del sistema financiero español y se apresuraron a colocar a sus fieles al frente.

Tardaron minutos en darse cuenta de que eso serviría para financiar proyectos locales y particulares, no con fines de utilidad pública, sino con las nada secretas intenciones de levantar, por ejemplo, magnas edificaciones faraónicas inútiles que cumplirían la doble función de meter dinero en el bolsillo a los amigos y de quedar para la posteridad a mayor gloria del cacique local. Y ejemplos de ello los tenemos en todas las provincias españolas.

El criterio de riesgos profesional para esas operaciones fue sustituido por el político. El mismo criterio que hacía y hace que, por ejemplo, cualquier financiación solicitada por un partido político, un medio de comunicación o un club deportivo, fuera resuelta por el Comité de Dirección, el más alto de todos dentro de la Entidad, o sea, el Presidente turno y sus más cercanos. En sus decisiones no pesan tanto las decisiones profesionales de posibilidades de devolución del importe. Pesa la trascendencia política de conceder o no esas operaciones. En Valencia, por ejemplo, saben mucho de esto con las financiaciones sucesivas a clubs de fútbol a través de mecanismos de ingeniería financiera dignos de mejor fin.

En Caja Madrid, el último presidente que ejerció su función con criterio profesional, a pesar de ser nombrado ya por unos órganos completamente politizados, fue el antecesor de Miguel Blesa, Jaime Terceiro Lomba, en los tiempos de Joaquín Leguina al frente de la Comunidad de Madrid.

Fue propuesto formalmente por su antecesor, Felipe Ruiz de Velasco, que ocupó 12 años ese cargo y bendecido también por D. Mateo Ruiz Oriol, predecesor, a su vez, de éste. Y eso fue porque era el idóneo para ese puesto y así lo demostró
.
Jaime Terceiro, como digo, a pesar de ser un nombramiento político, demostró su capacidad, tacto, pericia y prudencia. Expandió la Entidad por toda España pero manteniendo siempre los pies en el suelo en forma de altos ratios de solvencia.

Lo que vino después con Blesa fue distinto. José María Aznar colocó a su amigo de la juventud, incluso por encima del criterio de sus compañeros del Partido Popular, donde no fue muy querido, precisamente. Blesa resultó ser el típico nuevo rico, ese pirata al que todos imaginamos sonriente sobre un cofre lleno de oro en la Isla Tortuga disfrutando de todos los placeres terrenales y dejando que los doblones resbalen entre sus dedos. Se rodeó de brillantes profesionales pero los encaminó hacia el abismo.

Miguel Blesa cambió pronto eso que cambian siempre los nuevos ricos, las tres ces: casa, coche y compañera. Las tres salieron de Caja Madrid, por cierto. Lo que no se imaginaba cuando me firmó esa felicitación es que la impunidad iba a acabársele 12 años más tarde y de muy mala manera.
Para ser honestos, creo que es el único que sintió vergüenza, aunque tardía y mal gestionada. Y eso hay que reconocérselo.

Espero que esté donde se merezca.

domingo, 8 de enero de 2017

EL PASO DEL TIEMPO

Todo el mundo no se hace viejo de la misma manera. Cada uno es libre de sentir el paso del tiempo cómo y cuándo quiera.
La mayoría lo hace cuando cumplen años. Y mucho más cuando saltan de dígito en la decenas. Para ellos, el paso del tiempo se produce ese 16 de mayo o 12 de noviembre... cuando se conmemora su llegada a este mundo. Desde ese día, se consideran un año más viejos.
Yo no. Para mí, el tiempo da un salto mortal estos días, justo cuando acaba Reyes y, por tanto, el periodo navideño. Ahora conmemoro, que no celebro, el fin de ese periodo en el que hay tantas ocasiones de volver a la niñez, autentica patria común e irrecuperable de todos los hombres. La Ítaca a donde jamás volveremos.
La infancia fue eso: el calor del hogar, la protección de la familia, la inconsciencia, la mas pura inocencia, la confianza, la diversión, los sueños, los proyectos, los héroes inmortales...
Ahora comienza otro año, y viene con más nubes que claros. Y con más sombras que luces. Y con más verdades crueles que mentiras piadosas.
Cuando éramos niños queríamos ser mayores. No sabíamos todo lo que eso significaba.
Hoy sí me siento mayor...

lunes, 28 de septiembre de 2015

ME MOLA "LO NATURAL".

A mi me gusta lo natural, ¿y qué? ¿Pasa algo? Es que sólo tenemos un mundo y tenemos que cuidarlo. A ver qué planeta le vamos a dejar a nuestros hijos. Vamos camino de la autodestrucción... Me sé más frases de estas. Los ecologistas tenemos un buen repertorio.

Me gusta tanto lo natural que en casa sólo entran productos ecológicos. De esos que son un 40 % más caros (puedo pagarlo), saben igual que los otros pero en cuyo proceso productivo no se utilizan productos que, por otra parte, están perfectamente permitidos en el resto de la agricultura, pero seguro que nos están envenenando. O sea, que son vulnerables a plagas que sólo pueden combatirse con otras plagas. Obviamente, en casa no tenemos insecticidas porque son malísimos para la salud. Si entra un insecto le pedimos por favor que se vaya a su casa y esperamos pacientemente.

Hay que apoyar la agricultura sostenible. Claro que sí. Esa que da una sola cosecha al año (por eso también vale más cara), en lugar de la que podría dar 3 o hasta 4. Sobran alimentos en el mundo, dicen. Hay que producir menos.

Mira si me gusta lo natural, soy tan ecologista, que casi cada fin de semana salimos al campo. A practicar trekking por zonas escarpadas e inaccesibles, intentando agobiar lo menos posible a las especies en vías de extinción. Si hacemos poco ruido, igual conseguimos molestarlas casi lo mismo que esos urbanitas sin conciencia medioambiental que jamás vendrían aquí. O sea, que jamás los molestarían.

Venimos preparados. Llevamos equipos con botas y prendas de Gore-Tex. ¿Que qué es el Gore-Tex? Pues una bendición para los campistas como nosotros. En un politetrafluoroetileno, como el Teflón de las sartenes, un material totalmente artificial en cuya fabricación se vierten ingentes cantidades de CO2 a la atmósfera. Ellos mismos nos certifican que su tejido de plástico es respetuosos con el medio ambiente, ¿qué haríamos sin él los ecologistas como nosotros para mantener el contacto con la Madre Naturaleza?

Además, lo promociona Guardiola. Malo no puede ser.

Y estamos seguros, ¿eh? Porque ya no llevamos al campo esos rudimentos de brújula y mapa, tan naturales durante tantos siglos. No. Ahora nos llevamos un moderno GPS con baterías de repuesto. De Níquel-cadmio, que son las mejores, totalmente naturales. Para, si nos perdemos o nos accidentamos, poder avisar al 112 y que venga un helicóptero de la Guardia Civil a por nosotros.  Espero que, si tuviera que venir, no haga mucho ruido porque asustaría a las águilas reales. Pobres, ahora que están nidificando. Tengo que mandaros unos selfies que nos hicimos el otro día con unos cuantos nidos. No las molestamos, te lo juro. O casi nada.

¡Ah! Y nada de transgénicos, por favor. Nada de nada. ¿Se han asegurado de que no producen malas consecuencias? No. ¡Qué va a saber un profesor de la Universidad de Friburgo por que haya creado una variedad de arroz que produce Vitamina A, sin la cual muchos asiáticos se quedan ciegos porque el arroz es casi su única fuente de alimentación y no la contiene naturalmente!

Y a pesar también de que Venkatraman Ramakrihnan, premio Nobel de Química indio, diga que quien está en contra de los transgénicos es porque nunca ha pasado hambre. Y hasta parece que lleve razón, porque quien más en contra está es Europa, el lugar donde más alimentos desperdiciamos. A pesar de todo ello, yo sigo en mis trece. A estos no los creo, me digan lo que me digan. Sin embargo sí creo a los fabricantes del Gore-Tex. Es un pálpito y mis convicciones ideológicas no las van a cambiar ni uno ni dos ni 10.000 pretenciosos premios Nobel. El que la insulina, sin la cual la diabetes no tendría tratamiento, sea un transgénico, no deja de ser una excepción que confirma mi regla: NO AL PROGRESO.

Bueno, dejo ya de escribir porque me duelen los ojos ya con este halógeno de 300 vatios que tantas horas tengo encendido. Es que he probado a escribir con la luz de las velas, pero no me hago.

Me retiro a descansar. Mañana iremos a pasar una semanita a la costa. Como me gusta el buceo, siempre que puedo me enfundo en mi traje de neopreno, ya saben, ese policloropreno, de producción totalmente natural y... al agua patos.

Estoy impaciente ya por cargar todo el material en nuestro Wolkswagen Touran nuevo de gasoil y salir a disfrutar de la naturaleza.

Ojalá todos hiciérais lo mismo.







sábado, 20 de septiembre de 2014

"ALL ABOUT SOUL"

Esta canción la escuchaste hace muchos años, mas de veinte, y te cautivó. Tanto, como para comprar el LP entero y empezar a conocer al gran Billy Joel. Algo imprescindible, por otra parte. Tanto como para oírla mil veces y aprendértela de memoria.
Pero algo faltaba en ella y nunca supiste qué. Algo que la hubiera hecho perfecta. Después la olvidaste, como a tantas cosas...
Hoy la has vuelto a encontrar por casualidad cuando, limpiando tus viejos discos, un brillo te ha llamado la atención. ¿Casualidad...? Un reflejo quizás,... Has sacado el disco, lo has vuelto a poner y has encontrado lo que faltaba. O mejor, quién faltaba. Era lo más importante: nunca supiste para quién fue escrita esa canción.
¡Y ahora ya lo sabes! Ves en el aire al cerrar los ojos que todo se redefine de nuevo, que ese gran cubo de Rubik que todos tenemos encima recoloca sus colores. ¡La pieza que faltaba ha encajado! Tenía que ser hoy precisamente. Hoy, cuando esa persona tan especial, con tanta fe, con un alma tan grande, que ha sufrido tanto como esa mujer de quien habla la canción, pero que siempre está ahí cuando se  la necesita, se encuentra lejos. ¡Tan lejos y tan cerca!
Volverá pronto, en pocos días, porque eso también está escrito y ha de ser así. Sabes que no hay quien ponga más alma ni más fe en lo que hace. Eso lo sabes desde que la viste. Eso lo sabe cualquiera desde que la ve.
Ahora todo cuadra al fin. Estaba señalado desde hacía décadas. Veinte años más tarde, te he encontrado. Estabas justo a mi lado y yo sin saberlo.




jueves, 28 de agosto de 2014

LA MUERTE DE MUCHOS VIAJANTES

Un hombre de 90 años mata a su mujer de 86 y después se suicida en El Campello


No malinterpretéis, por favor. No se trata, por supuesto de exculpar a nadie pero es que tampoco de culpar. Y lo digo con plena conciencia. Reconoceréis que esto es, por desgracia, cada vez más normal.

Vivimos tiempos convulsos social, moral, económicamente…  Lo que hoy es dogma, mañana es pasado. Lo que hoy agrada, mañana duele. Cambio sobre cambio sobre cambio...Incertidumbre sobre incertidumbre... Antes las cosas duraban años; las guerras, décadas; los matrimonios, para siempre… Los cerebros, por más racionales que sean, no pueden digerir bien tantas cosas a veces. ¡No y no!
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Un furgón de los servicios funerarios y coches de la Policía anoche a las puertas de la viviendaDecía mi abuela que ojalá Dios no nos mande nunca todo lo que podemos soportar. Pero, ¿quién dice que todos podamos soportarlo todo de igual forma?  El cerebro a veces implosiona, cortocircuita, revienta… No hay nada peor que no ver la salida. Bueno, sí: no encontrar motivos para buscarla. Ni en ti, ni en los que te rodean, que es más destructivo. Nada hay peor que verse acorralado, hundido, despreciado…

Nada, nada hay más venenoso que sentir que la lucha es inútil, que no hay un resquicio de luz, que todo lo que se ve es túnel y que éste es infinito. Ante esa situación, lo triste es que se empieza a considerar cualquier alternativa por más descabellada que sea. Por más inútil que parezca desde fuera, con nuestros ojos "racionales". ¿Inútil? Inútil es, para mucha gente, cualquier camino porque todos les llevan al desastre.

Hay algo mucho más desolador que perderlo todo y es sentirse perdido uno mismo. Cuando no hay nada que perder, se llega a pensar que lo mejor es acabar pronto y como sea.

Y eso le ha podido pasar a este hombre, a este viajante por la vida, como lo somos todos.

Cada cabeza es un mundo y hay muchas en las que nadie quisiera meterse nunca porque no sabría qué hacer. Hay que estar dentro de ellos para saber qué pasa por su cerebro, qué les ha hecho reaccionar así. Nadie puede decir “yo haría esto”,  “yo no haría lo otro”...Nadie tiene permitido pensarlo siquiera.

Hay cosas que sí podemos juzgar pero otras para las que no estamos capacitados. 

Yo, desde luego, sé que no lo estoy.  


martes, 17 de diciembre de 2013

YO CONOCÍ A CLARA. Y AÚN ME DUELE.

Sí, tengo que confesarlo. Conocí a Clara y a muchos de sus amigos. Y todos ellos se llamaban Clara también.

Viví mucho tiempo al lado de un poblado marginal de Madrid, Los Focos, ya felizmente desaparecido, en el entonces también marginal y siempre emblemático barrio de San Blas. En ese olvidado ya lugar, habitado mayoritariamente por gitanos, se vendían minutos de felicidad a cambio de vida. Clara era cliente habitual.



Clara pudo haber elegido ser periodista, o abogada, o dependienta, o médico o lo que fuera. Pero decidió que no podría ser nada de eso. O que no le merecía la pena luchar por ello.

Yo vi muchas veces a Clara. Era amiga del grupo, una más. A veces más lejana, a veces menos. Siempre fue distinta, más introvertida aunque también más divertida. Una rara y bonita mezcla. 

Clara quiso volar y soñaba siempre con hacerlo. Lejos, muy lejos. Yo la vi vestida de muchas formas y desnuda de muchas otras. Iba a diferentes horas y dentro de diferentes cuerpos. 

A veces llegaba en autobús a la luz del día, pasaba rauda con prisas y temblando. Llevaba mucho tiempo sin meterse. Dentro le esperaba la felicidad completa por mano de quienes sólo querían de ella su dinero. Por mano de quienes jamás apreciaron su hermosos ojos y su corazón puro. Pero la verdad es que nosotros tampoco lo hicimos lo suficiente.

Otras veces llegaba en taxi por la noche. La esperaba unos minutos y luego la recogía. También prisas, siempre con prisas.

Un buen día, las autoridades decidieron tapiar el poblado con una valla de ladrillo blanca y dejaron sólo dos salidas que pudieran controlar mejor. Una inutilidad. Creo que lo hicieron para tapar su vergüenza y de paso la nuestra. Al cabo de poco, la valla presentaba numerosos agujeros que se multiplicaban como por ensalmo. Y Clara los conocía todos.

La vi alguna vez junto a esa misma valla, rodeada de amigos que yo no conocía, con una jeringuilla clavada en el brazo. Y no hice nada. La última de esas veces, sus amigos no estaban, la habían abandonado, como habíamos hecho todos. En lugar de ellos y de nosotros había personas vestidas de blanco o de azul que la cuidaban. Creo que tendría frío porque la cubrieron con una manta y se la llevaron.

La echamos mucho de menos. Cada vez más. Nos pesa su ausencia. Y nos pesa mucho más el saber que nosotros, todos, pudimos haber hecho algo más por salvarla y no lo hicimos. Eso lo tendremos siempre sobre nuestras conciencias.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

UN NOBEL DE LITERATURA POR DEBAJO DE LA MESA

Salvo que la memoria me falle, cosa muy habitual, pero no creo que sea ahora, no recuerdo que se haya otorgado un Nobel de Literatura a un "simple" compositor de canciones. Y este escrito es la expresión de mi voluntad firme de que así sea en uno de los que más se lo merecen: Armando Manzanero.  Se ha otorgado unas veces con más justicia y otras con menos. No lo obtuvieron ni Ibsen ni Tolstoi ni Kafka ni Borges, cosa poco explicable y que no oscurece, de todas formas, la categoría del premio.De lo que estoy seguro es de que hay determinados escritores que jamás estarán en las listas y en eso no estoy de acuerdo. Es el caso del mexicano Manzanero. Con letras como las que ha escrito él hay que buscar mucho entre los poetas laureados con el premio sueco para encontrar nada parecido. Y buscar en vano.




"Y respiro de tu boca
esa flor de maravilla,
las alondras del deseo
cantan, vuelan,
vienen, van".

Difícil de superar. Y eso sin necesidad de oírlo en boca de Luis Miguel, porque entonces es obligado derretirse del todo.

"Adoro la forma en que sonríes,
el modo en que a veces me riñes.
Adoro la seda de tus manos,
los besos que nos damos,
los adoro vida mía".

Los cantantes que han hecho más grandes las letras de Armando Manzanero son legión. Desde Moncho hasta Maria Dolores Pradera. Pasando por Dyango, Pasión Vega, Isabel Pantoja, David Bisbal, el citado Luis Miguel... y cómo no, él mismo.

¿Quien no se ha enamorado más aún con letras como esas de fondo? Quien más, quien menos, no podemos más que dejar correr una lágrima con alguna de sus canciones que nos recuerdan cosas que, de otro modo, quizá estarían más borrosas en nuestra memoria.

Esto no pretende ser más que un aleteo de mariposa que, con un poco de suerte, se podría convertir en vendaval. Creo que no hay letras como las suyas y la Academia Sueca tendría con él una muy buena oportunidad de demostrar que no está anclada en lo clásico o, lo que es peor, en lo tribalmente anecdótico.

Tengo que reconocer mi debilidad por esta canción, que me recuerda tanto y tanto...

"No sé tú,
pero yo te busco en cada amanecer,
mis deseos no los puedo contener.
En las noches cuando duermo,
si de insomnio yo me enfermo,
me haces falta, mucha falta...
no se tú."

jueves, 8 de agosto de 2013

ALFONSINA O EL ELOGIO DEL SUICIDA (I)

Alfonsina Stormi, como quizá algunos sepan, fue una poeta argentina postmodernista de principios del XX. Alfonsina no era de ese mundo ni de esa época, como casi ningún poeta lo es. En este caso más que en muchos otros. Alfonsina fue feminista en una época difícil para serlo. Madre soltera en una sociedad y un tiempo en el que había pocas cosas peores que ser eso. Y defensora de una igualdad entre hombres y mujeres que habría de pasar años para atisbar. Abogó por el derecho al voto femenino, que no llegó a su país hasta al año 1946, ocho después de su muerte. En 2013 se conmemoran 75 desde que nos dejó. O mejor, desde que se quedó con nosotros para siempre.

Porque los suicidas y los poetas nunca se van, aunque quisieran. Y menos si, como pasa muy a menudo, coinciden las dos condiciones en una sola persona. Un poeta siente que está desterrado en este mundo, incomprensible para él y que pocas veces acierta tan sólo a escucharlo apenas. Ha sido abandonado a su suerte, vulnerable, en un mundo de almas corruptas.

El poeta perdona lo imperdonable y admite lo inadmisible porque no se siente herido por lo que hiere a los demás. Se siente morir más por nuestra debilidad que por la suya. Le duele nuestra incapacidad para sentir y se apena por nosotros. Y cuando alguien lo ataca, en vez de despreciarlo, lo compadece. La incomprensión es a lo que se ha de acostumbrar, como un semidios abandonado.

Un poeta nos avergüenza cada día con su capacidad milagrosa a nuestros ojos para engarzar versos, construir obras de arte con las mismas torpes herramientas que los demás, los mortales, usan tan sólo para comunicarse, y a veces de forma tan imperfecta. Pule y desbasta sonidos que en nuestra garganta apenas son guturales y en la suya música.

El poeta flota como alma en pena intentando sembrar en terreno yermo. Y choca, como no podía ser de otra forma, con el mundo de la indignidad y la estulticie. Un poeta es, ante todo, una persona íntegra. Por eso se sabe también que no es de este mundo. No es de extrañar que muchas veces acaben abandonándolo antes de tiempo. Un poeta da, porque cree que es su obligación, sin esperar recibir nada a cambio. Un mortal recibe, porque cree que es su derecho, sin dar nada porque nada tiene.

Padeció durante toda su vida desarreglos mentales, propios casi siempre de las sensibilidades preclaras. Hay inteligencias que no pueden subsistir en nuestro pobre ecosistema. Sólo perviven, con su indolencia salvadora, los lerdos que subsisten creyendo que el mundo no es más que lo visible. Este universo gris es la enfermedad de los poetas, la que los vuelve locos cuando los locos son los otros.

Parte de sus amigos y colegas de profesión se suicidaron también. Eso fue una constante a su alrededor, antes y después de su muerte: Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones, por ejemplo. El suicidio fue una vía de escape a alguna de esas almas atormentadas que la rodearon y fue admitido por ella como una solución admisible.

Alfonsina fue poeta del dolor. Y del dolor que produce el amor.

Señor, mi queja es ésta, 
Tú me comprenderás; 
De amor me estoy muriendo, 
Pero no puedo amar. 

Persigo lo perfecto 
En mí y en los demás, 
Persigo lo perfecto 
Para poder amar. 

Me consumo en mi fuego, 
¡Señor, piedad, piedad! 
De amor me estoy muriendo, 
¡Pero no puedo amar!


Publicó su primer libro a los 24 años. Y conocería y sería reconocida por sus iguales, seres también extraterrestres como Amado Nervo o Gabriela Mistral, por citar los más conocidos. También fue distinguida con varios premios en su país, escaso alimento para un alma insaciable, como es siempre la de un poeta. Triste migaja la de los premios, con la que toda  sociedad pretende a veces obsequiar a esos seres superiores, haciéndoles creer que los comprenden cuando la mayor parte de las veces tan sólo los envidian. Envidian su fuerza descomunal para sentir como nadie.

Yo soy esa mujer que vive alerta, 
tú el tremendo varón que se despierta 
en un torrente que se ensancha en río, 

y más se encrespa mientras corre y poda. 
Ah, me resisto, más me tiene toda, 
tú, que nunca serás del todo mío.



Fue presa de la enfermedad maldita del cáncer, que le dejaría secuelas para ella inasumibles. La parte mortal de un ser hecho de luz es más frágil que en los mortales. Operada en 1935 de cáncer de mama, sus consecuencias hicieron un daño devastador más en su mente aún que en su cuerpo.

Se me va de los dedos la caricia sin causa, 
se me va de los dedos... En el viento, al pasar, 
la caricia que vaga sin destino ni objeto, 
la caricia perdida ¿quién la recogerá? 


Una tarde de octubre de 1938, a los 46 años, decidió dejarnos y dejarse. Y se lanzó desde la escollera al mar, a un mundo más cercano al suyo y más real que el nuestro. a un mundo oscuro para nosotros. No para ella. Se despidió escribiendo una carta en la que dejaba orden en sus cosas materiales, otra para su hijo y el último de sus poemas:

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme puestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes,
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides. Gracias... Ah, un encargo,
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...


Y a partir de ahí, empieza la leyenda. Leyenda en la que se convierten todos los poetas porque lo son desde su nacimiento. Si Mercedes Sosa no hubiera existido, habría que haberla inventado. Nadie como ella cantó a Alfonsina y a su mar, a nuestro mar. A ese mar que llama a todos los seres únicos e inadaptados, que no se sienten en casa en ninguna parte, que levitan, que lloran, que aman como sólo ellos pueden amar, que pelean por ellos y por todos nosotros y que al final, exhaustos, se abandonan con igual fuerza. Poseidón es feliz, y lo envidio, porque alguien le canta cada noche:

Oh mar, dame tu cólera tremenda, 
Yo me pasé la vida perdonando, 
Porque entendía, mar, yo me fui dando: 
«Piedad, piedad para el que más ofenda». 




Hoy he hablado de Alfonsina y de su fin. Otro día hablaré de su fin y el de muchos otros, seres de luz como ella.

miércoles, 7 de agosto de 2013

EL RENACIMIENTO

No nacemos y morimos una sola vez. Entre nuestro nacimiento y nuestra muerte, dichos en propiedad, quien sabe cuántas veces nacemos y morimos. Podría extenderme, hoy que me apetece y estoy inspirado, pero no. Ya lo haré. Sólo quiero deciros que yo sí soy consciente de haber nacido más de una vez y estoy seguro de que lo he hecho más veces sin saberlo. Y también he muerto varias veces. Mueres cuando renuncias. Y yo sé que he renunciado. Hay muertes que merecen la pena y las aceptas con gusto. Y las compensan esos otros nacimientos con los que de vez en cuando te obsequia la rutina y la existencia.

Casi todos mis otros nacimientos conocidos, tres o cuatro, tienen que ver con mis hijos o con mis padres. En eso no soy original, seguro. En el caso de otros, quizá tengan también que ver con médicos o con accidentes. Yo, no. Y toco madera.

Mi último nacimiento fue hace dos noches. Acosté a mi hijo pequeño y, como casi siempre me pide de un tiempo a esta parte con sus inocentes 6 años, me tumbé un momento junto a él. Como cada día, hasta que lo invade el sueño y puedo retirarme reptando como un espía.

Aun no le había llegado ese momento dulce cuando, acurrucándose junto a mí, me dice:

-¿Puedes quitar el brazo?

-Pues no puedo, cariño – le contesto-. Pero me lo puedo cortar si quieres.- Un sentido del humor muy propio de mí.

Y con una lógica aplastante, propia de su edad, y que ojalá no le abandonase nunca en este mundo ilógico y disparatado, me pide:

-No, no te lo cortes. Te morirías. Y yo no quiero que te mueras. Eres un papá genial.

Y en ese momento sentí que volvía a nacer. Vi de nuevo la luz que me bañó el día de mi alumbramiento. Y noté que la vida, que durante unos días me estaba abandonando por momentos (será el calor, no le demos más vueltas), recorría de nuevo mis venas y marcaba con fuerza, de nuevo, la dirección y el propósito de mi existencia, por si flaqueaba y tenía intención de olvidarlo.

Sé que no hay nadie mejor que un hijo en quien volcar tus anhelos. Y no hay vida más perdida que la que uno dedica tan sólo a sí mismo. ¡Que pobre es el que no tiene otro objeto de adoración que el que le observa desde el espejo!


Gracias, hijo, por regalarme la vida una vez más. Espero merecerla.