Publicado en Minuto Crucial el 10/06/2026
El multilateralismo se presenta hoy como el
culmen de la sabiduría diplomática: un foro donde todas las naciones,
independientemente de su nivel de desarrollo, libertades o valores, tienen
supuestamente igual importancia y merecen la misma consideración. En la
práctica, supone una peligrosa igualación moral entre la sociedad occidental
—imperfecta, pero líder histórica en derechos individuales, democracia liberal,
Estado de derecho y progreso material— y regímenes o culturas menos
desarrolladas, a menudo más violentas y restrictivas, especialmente
hacia mujeres, minorías religiosas, disidentes y colectivos desfavorecidos.
Este enfoque recuerda poderosamente a la “Alianza
de Civilizaciones” impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero tras los
atentados del 11-M. Aquella iniciativa partía de la premisa de que el
conflicto no radicaba en el islamismo radical sino en una supuesta
incomprensión mutua. En lugar de defender con claridad los valores
ilustrados, se optó por la equidistancia y el diálogo interminable e inútil. El
multilateralismo actual es su versión institucionalizada y ampliada.
En esa igualación falaz se incluyen dictaduras
comunistas o herederas del comunismo, como Rusia o régimen similares, ansiosos
por desprenderse de las etiquetas de “Segundo” o “Tercer Mundo” y recuperar
protagonismo global sin reformar sus estructuras autoritarias. Se sientan así
en pie de igualdad democracias liberales con teocracias, autocracias y Estados
fallidos en la ONU, el Consejo de Derechos Humanos o cumbres climáticas. El
motor psicológico es el complejo de culpa postcolonial occidental. Avergonzado
por su historia, Occidente acepta legitimar sistemas donde la apostasía se
castiga con muerte, las mujeres tienen derechos limitados o las minorías
sexuales son perseguidas.
El caso de Israel es el símbolo más rotundo de lo
malvada que resulta esta multilateralidad y la “multiculturalidad” que la
sustenta. País democrático agredido desde su misma fundación en 1948,
Israel es sistemáticamente condenado por la comunidad internacional y la ONU
mientras se protege o silencia a sus vecinos islámicos, muchos de los cuales
niegan su derecho a existir y patrocinan o glorifican el terrorismo.
Resoluciones interminables contra el Estado judío contrastan con la tibieza
ante barbaridades como el 7 de octubre, los misiles de Hamás o Hezbolá o el
autoritarismo iraní. Esta distorsión convierte a la víctima democrática en
agresor y a agresores teocráticos en víctimas, desnudando el relativismo moral
del sistema. Todo ello alimentado por la turba de organizaciones
políticas, sociales, culturales y hasta deportivas que han encontrado en el
antisemitismo una nueva bandera. Un antisemitismo que nos recuerda,
por supuesto, al origen del nazismo hace 100 años.
En España, este sesgo es especialmente visible. El
actual Gobierno se muestra proclive al multilateralismo y ha puesto en boca del
Rey, en discursos oficiales, la defensa entusiasta de este enfoque.
Tampoco escapa a la paradoja el Papa, que lo promueve activamente, olvidando
que hace siglos los Estados Pontificios lucharon fieramente por su
supervivencia contra el Islam cuando amenazaba Europa. Esa amenaza, lejos de
haber desaparecido, hoy es igual o más fuerte mediante migración masiva,
sustitución demográfica, islamismo (no hay islamismo “moderado” ni “radical”) y
presiones culturales.
A esto se suma una paradoja flagrante: las
emigraciones masivas se producen desde esas otras “civilizaciones” hacia
Occidente. Millones huyen a sociedades a las que critican duramente a la vez
que buscan sus beneficios: seguridad, prosperidad, libertades y Estado de
bienestar. Sin embargo, una parte significativa de esos flujos no
aspira a integrarse. Por el contrario, intenta reproducir en Europa o
Norteamérica las mismas dinámicas culturales, religiosas o autoritarias que
provocaron su huida: guetos paralelos, exigencias de acomodación y rechazo al
secularismo o la igualdad de género.
En resumen, esta igualación no solo es
falsa, es perjudicial. Debilita la soberanía occidental, que termina
financiando y legitimando organismos que erosionan sus conquistas: libertad de
expresión, igualdad real y primacía del individuo. Promueve un
relativismo cultural tóxico que tacha de “etnocentrismo” hasta hecho de
criticar la ablación, el uso de prendas que cubren a las mujeres o el
matrimonio infantil. Mientras, los valores que permitieron el mayor avance en
derechos de la historia se diluyen en un magma de “diversidad” que oculta
jerarquías de opresión reales.
El multilateralismo no fomenta la paz ni
el progreso. Fomenta la parálisis moral y el blanqueamiento de estados
autoritarios. Frente a él, en Occidente debemos recuperar la confianza en
nuestros principios y priorizar alianzas entre naciones que compartan un núcleo
civilizatorio común: democracia, Estado de derecho y libertad individual. El
diálogo es legítimo pero la rendición moral, no.
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