Publicado en Minuto Crucial el 30/04/2024
El apagón producido el 28 de abril de
2025, que dejó a España y Portugal sin electricidad durante horas, afectando a
millones de personas, paralizando transportes, hospitales, centros de
datos y la economía en general, no fue un “accidente imprevisible” ni un simple
fallo técnico aislado, sino la consecuencia lógica de una política
energética ideologizada, impulsada por el Gobierno de Pedro Sánchez, que
priorizó un modelo basado exclusivamente en energías renovables intermitentes
mientras despreciaba y programaba el cierre progresivo de la energía nuclear,
la fuente más estable, fiable y descarbonizada que tenemos en España.
El pasado lunes, el Grupo Popular en el Congreso
de los Diputados organizó una jornada de análisis en la Sala Constitucional,
bajo los retratos de los siete padres de la Constitución y el cuadro El
abrazo, de Juan Genovés. Tuve la ocasión y el honor de asistir
gracias a la asistente del diputado Guillermo Mariscal, Arancha Santana, que
tuvo a bien aceptar mi solicitud. Desde aquí, muchas gracias por concederme
la oportunidad.
La sesión, presentada por Alberto Núñez
Feijóo y con la presencia de varios diputados del PP, reunió a expertos de
primer nivel. Los ponentes fueron Manuel Fernández Ordóñez (The Good
MAFO), Alfredo García (Operador Nuclear), Javier Revuelta (responsable de AFRY
Management Consulting), Ester Jara (de la patronal siderúrgica), Armando Layna
(sector de centros de datos) y Jesús Gil (coordinador de Seguridad y
Emergencias de Madrid). La charla fue dinámica y didáctica, y las
conclusiones resultaron meridianas: hubo un responsable directo —el Gobierno, a
través de Red Eléctrica de España (REE)— y es urgente revertir el calendario de
cierre de las centrales nucleares.
Los informes técnicos, incluido el del
panel europeo de expertos de ENTSO‑E, describen un fenómeno de sobretensión
rápida e incontrolada que provocó oscilaciones, desconexiones en
cascada y la pérdida de hasta 15 GW de generación en pocos segundos. El
incidente se produjo en un contexto de alta penetración de renovables —solar
fotovoltaica especialmente—, baja demanda y, sobre todo, escasa inercia en el
sistema. Las renovables basadas en inversores no aportan la
estabilidad rotacional que sí proporcionan las turbinas de las centrales
nucleares, de gas o hidroeléctricas convencionales. Cuando surgió la
perturbación, el sistema carecía de la capacidad de amortiguación necesaria
para evitar el colapso.
Algunos de los ponentes, con décadas de
experiencia en el sector nuclear, subrayaron en la jornada que este tipo de
vulnerabilidades no son inevitables. La nuclear ofrece potencia base
continua, controlable y con gran capacidad de proporcionar servicios complementarios
de tensión y frecuencia. Precisamente lo que faltó aquel 28 de abril. Alfredo
García ha insistido repetidamente en que la nuclear es “oro” para industrias
que requieren suministro constante, como los centros de datos, y así lo
confirmó Armando Layna.
El informe aprobado a instancias del PP
en la Comisión de Investigación culpa al Gobierno, a Red Eléctrica y al marco
regulatorio de fallos estructurales y de haber ignorado avisos técnicos
previos. Aunque los informes gubernamentales hablan de responsabilidad
“multifactorial”, la realidad es que el modelo energético diseñado por el
Ejecutivo —reflejado en el PNIEC— ha empujado el sistema hacia un extremo de
intermitencia sin garantizar las herramientas de respaldo y estabilidad
necesarias. Aunque el Gobierno no asuma responsabilidades, tácitamente sí que
lo está haciendo desde el día siguiente al apagón, dado que desde entonces han
diseñado un sistema “reforzado” en el que están primando en el mix energético
la producción de energías de potencia firme —nuclear, hidroeléctrica y gas— en
detrimento de las renovables. ¿Es una autoacusación encubierta?
El Gobierno de Sánchez mantiene el
calendario de cierre de las centrales nucleares acordado en 2019: Almaraz en
2027‑2028, Ascó y Cofrentes hacia 2030‑2032, y Trillo y Vandellós II en 2035.
Esta decisión, reforzada en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima,
responde más a presiones ideológicas de sectores ecologistas y aliados
parlamentarios que a criterios técnicos o económicos. España se ha convertido
en uno de los pocos países europeos que persiste en abandonar la nuclear
mientras el resto —Francia, Suecia, Finlandia, Polonia— la mantiene o amplía
como pilar de la descarbonización. Alemania está pagando muy cara su
desnuclearización y su entrega al gas ruso, y ahora está incluso quemando
carbón con el apoyo de… ¡los Verdes!
Este desprecio tiene consecuencias
directas. La nuclear genera alrededor del 20% de la electricidad
española, con un factor de carga superior al 90%, emitiendo prácticamente cero
CO₂ durante su operación y proporcionando la inercia y los servicios de ajuste
que las renovables no pueden ofrecer de forma natural. Su cierre
progresivo obligará a sustituirla con más gas o con renovables, que requerirán
ingentes inversiones en almacenamiento y redes, además de aumentar la
dependencia exterior y la volatilidad de precios.
Los expertos de la jornada coincidieron
en que mantener y ampliar la vida útil de las nucleares no solo es
compatible con la transición ecológica, sino imprescindible para garantizar la
seguridad de suministro. Javier Revuelta, desde la consultoría técnica, y Ester
Jara, desde la industria siderúrgica intensiva en energía, alertaron de los
riesgos para la competitividad industrial. Un sistema frágil como el
actual expone a España a nuevos incidentes y a precios más altos para
consumidores e industrias.
Feijóo fue contundente al inaugurar la
jornada: el apagón fue “el resultado directo de una política energética
ideologizada”. Apuntó directamente al Gobierno, a las ministras de
Transición Ecológica —Teresa Ribera y Sara Aagesen— y a la presidenta de Red
Eléctrica, Beatriz Corredor. Ninguno ha asumido responsabilidad alguna. Mientras
Red Eléctrica se defiende argumentando que cumplió la normativa y las
eléctricas devuelven las acusaciones, el PP sostiene, avalado por los informes
técnicos más solventes, que la culpa última recae en quien diseña el modelo: un
Gobierno que ha sometido la planificación energética a criterios políticos en
lugar de técnicos.
El contraste con otras legislaturas es notable. Durante
gobiernos anteriores, se transitó por una “tierra de nadie” en materia nuclear,
sin atreverse a levantar la moratoria ni a apostar claramente por esa energía.
Hoy, Feijóo parece haber cambiado el rumbo y defiende decididamente la nuclear
como parte esencial del mix energético. Ojalá también, más
adelante, cuando gobierne, decida acabar con esa moratoria y volver a la
construcción de nuevas centrales, aunque solo sea para prever el futuro cierre
de las actuales y su sustitución, una vez prorrogado su uso hasta lo
que sea técnicamente posible y seguro.
La conclusión evidente es que hay que
corregir el rumbo. Un año después del apagón, las lecciones están
sobre la mesa. España necesita un sistema eléctrico robusto, con generación
base fiable, capacidad de respuesta rápida y planificación realista. Mantener
las centrales nucleares no es un capricho del pasado; es una necesidad del
presente y del futuro. Revertir su cierre previsto, extender su vida
útil donde sea técnicamente viable y planificar nuevas unidades modernas es la
forma más racional de evitar nuevos “ceros energéticos” y de asegurar un
suministro asequible, estable y descarbonizado.
Sin duda, ignorar las conclusiones de los
ponentes, como parece empeñado el Gobierno actual, no solo desprecia la
evidencia técnica expuesta por los expertos, sino que pone en riesgo la
seguridad nacional, la industria y el bienestar de los ciudadanos. El
abrazo simbólico de Genovés en la sala del Congreso debería recordarnos que, en
momentos de crisis, la unidad pasa por anteponer el interés general —y la
realidad física del sistema eléctrico— a dogmas ideológicos. Revertir
el cierre nuclear no es una opción; es una obligación para un país serio.
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