Publicado en Minuto Crucial el 24/02/2024
Lo prometido es deuda. Os dije hace unos días,
por medio de redes sociales, que iba a contaros mi experiencia en un lupanar,
uno de esos lugares donde los socialistas se sienten mejor que en su casa, y
aquí me tenéis haciéndolo a modo de artículo de opinión en Minuto Crucial.
Tendría sobre 16 o 17 años. Por aquel
entonces estaba trabajando, porque yo empecé como botones en Caja Madrid a los
16, como alguno bien sabe. En la dirección de aquella oficina había
dos tipos: un director y un subdirector, a cuál más chulo y prepotente, socios
en muchas cosas dentro y fuera del trabajo, tal y como supe después.
El subdirector, de nombre Justo, me dijo que
cogiera un taxi y me fuera a una dirección de la calle Capitán Haya. Allí debía
recoger el DNI del director, que se lo había dejado el día anterior en el
domicilio en el que ambos habían estado. Supuse que sería un despacho, oficina,
empresa o algo parecido.
Cuando me presenté en ese lugar, uno de esos
portales señoriales con portero uniformado, éste me miró de arriba a abajo. Al
preguntarme a qué piso iba y responderle, abrió un poco más los ojos; además,
creí ver el leve esbozo de una sonrisa. De modo que subí y llamé al timbre.
Fue entonces cuando me abrió una señora estupenda, supongo que recién entrada
en los cuarenta, y como respuesta le dije que venía de parte de Fulanito a
recoger algo que se había dejado Menganito.
En ese momento, me franquea el paso invitándome a
sentarme en el sofá y esperar. Mientras lo hago, otra señorita pasa por el
salón dedicándome una mirada apreciativa junto a una sonrisa extraña. Justo
ahí es cuando me doy cuenta de que ese lugar no parecía una oficina, que era
adonde creía que iba, pero tampoco tenía claro lo que era. En muchas cosas, a
esa edad, estaba bastante verde.
A los cinco minutos, aparece la primera señorita
llevando un sobre con el DNI dentro. “Bueno, pues aquí tienes. Vuelve cuando
quieras”. Y me guiña el ojo... Así que me fui pensando en para qué querría yo
querer regresar allí. Pero luego, durante el trayecto, y con algo de
imaginación, deduje inmediatamente dónde había estado. Para mí, era
algo incomprensible que dos tipos como aquellos, que presumían tanto de sus
mujeres e hijos, a quienes alguna vez había visto por la oficina, frecuentaran
esos lugares.
Como aprendí al poco tiempo, también eran
sinvergüenzas y ladrones, por simplificar. El director, en concreto,
Manuel Montoro Martín, tenía por aquel entonces una discoteca en AZCA, adquirida de forma
extraña. Este tipo convencía a clientes para que pidieran préstamos
que, en realidad, eran para financiarse él. Supongo que a cambio de favores
claro. Yo acababa de salir del instituto y ese mundo laboral y social me
parecía completamente ajeno y desconocido. De todos los chanchullos, él salió
bien parado porque no se le pudo probar nada por mucho que se intentó. El
subdirector, en cambio, que en el fondo era un pobre infeliz como supe luego,
acabó mal. Despedido y alcoholizado, aparecería un día muerto en la calle años
más tarde.
Como estaba contando, llegué a la oficina y el
director estaba ocupado, de modo que le di el sobre al subdirector. Al llegar
la hora de cerrar y no haber ya clientes, salieron ambos del despacho charlando
entre risas y, al verme, el primero dijo: “Así que has mandado a Alfonso. ¡Pues
vaya, ja, ja! De haberlo sabido, habría llamado yo para que le hicieran un buen
recibimiento de mi parte, ja, ja, ja…”. Todos se rieron menos yo, que
enrojecí hasta la raíz del pelo, haciendo como que sonreía. Siempre he sido
algo tímido, pero entonces lo era exageradamente.
Ese día volví a casa agradeciendo a los dioses
hasta el infinito, y aún lo hago, que el impresentable director putero no hubiera
sabido antes que iba a ser yo quien iría a por su DNI. No quiero ni
imaginarme el ridículo tan espantoso para mí en el que todo habría acabado. Y
hasta aquí mi historia con las casas de meretrices. Quedo a la espera de leer
las vuestras.
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