Publicado en Minuto Crucial el 24/09/2026
La actualidad informativa española ha
encontrado su nuevo icono de la vulnerabilidad en Maricarmen, una entrañable
señora de 87 años que acaba de ser desahuciada de su vivienda en el
señorial barrio de Retiro, en Madrid. Las imágenes han abierto
telediarios, sobre todo de los medios públicos y privados afines al régimen:
centenares de activistas pancarta en mano, lágrimas, consignas revolucionarias
y artistas de renombre recitando a Alberti a las puertas del bloque para frenar
lo que se ha calificado unánimemente como «el drama de nuestro tiempo». Siempre
con la inestimable ayuda de famosos ricos que suelen ser siempre muy solidarios
con el dinero de los demás. Ante este panorama, es imposible no
contagiarse de la indignación generalizada y exclamar con el puño en alto que,
en el fondo, todos somos ella. Porque, ¿quién no se identifica con la
irresistible picardía de vivir prácticamente gratis a costa del prójimo durante
toda una vida?
España es, por definición, la cuna de la novela
picaresca. Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache o la Pícara Justina habrían
aplaudido con genuina admiración la impecable estrategia residencial de nuestra
protagonista. Maricarmen no era una paria de la tierra; era
funcionaria, una profesión que al común de los mortales suele garantizarle el
acceso a una hipoteca. Capacidad económica para comprar una vivienda
no le faltaba. Sin embargo, decidió que la propiedad privada estaba
sobrevalorada. ¿Para qué meterse en engorrosas deudas durante años si sus
padres habían firmado un glorioso contrato de renta antigua en 1956, en
pleno régimen de Franco?
La jugada maestra se prolongó durante
décadas. El cabeza de familia faltó, el contrato pasó a la madre y, cuando esta
falleció en el año 2005, Maricarmen asumió con naturalidad el
relevo del chollo inmobiliario. Daba igual que la Ley
de Arrendamientos Urbanos del PSOE de 1994 estipulara con
meridiana claridad que la segunda subrogación tenía fecha de caducidad y que
debía abandonar el inmueble en 2007. ¿Para qué hacer caso a
las leyes socialistas cuando se puede apelar al sentimentalismo? Así, los
propietarios legítimos, que quizá nunca hayan disfrutado de esa vivienda porque
serán los herederos de quienes la alquilaron en su día, se vieron obligados a soportarla
durante 20 años cobrando un alquiler miserable que no
alcanzaba ni para cubrir los gastos ordinarios de la comunidad
de vecinos y el IBI. Un negocio redondo para la inquilina y una
expropiación encubierta para los dueños. Por eso, se hartaron y
vendieron a una inmobiliaria, seguramente con mucha rebaja sobre el precio de
mercado. Si yo fuera ellos, ahora estaría acariciando un gato viendo las
imágenes en televisión.
Como era de esperar en una sociedad tan
fácilmente manipulable a través de los sentimientos, la maquinaria política no
ha tardado en ponerse en marcha. La izquierda política y sus
terminales mediáticos han corrido a utilizar el desahucio como ariete para
cargar contra Isabel Díaz Ayuso, su bestia negra favorita, obviando el pequeño
y molesto detalle de que el lanzamiento judicial se ejecuta en estricta
aplicación de una ley aprobada por el propio PSOE. La demagogia no
entiende de BOE, pero sí de geografía selectiva. Nadie en esas manifestaciones
parece recordar que se producen muchísimos más desahucios en
Cataluña que en Madrid, ni que la denostada capital de España construye
bastante más vivienda social que el oasis catalán, donde el
intervencionismo lleva años destruyendo la oferta del mercado. Por cierto, en
una entrevista realizada horas antes de su desahucio, Maricarmen dijo que el
primero de los culpables de su situación era Pedro Sánchez pero, ¿cuál de los
portavoces de la sincronizada va a recordar esa pequeñez?
Mientras el progresismo de salón se rasga
las vestiduras por una funcionaria que prefirió el Retiro casi gratis a la
responsabilidad de pagar su techo, a muchos nos viene a la memoria
otra España: la de mis padres, que habiendo nacido en los mismos años que
Maricarmen, decidieron tomar un camino bastante menos glamuroso. En
1970, mi padre, que era escayolista y trabajaba sin descanso incluso los fines
de semana, compró a plazos por 500.000 pesetas una vivienda sumamente modesta,
de 60 m2 cuadrados, en las afueras de Madrid, firmando para ello docenas de
letras de cambio, como se solía hacer entonces. No había paseos por el
Retiro al salir de trabajar, como tenía Maricarmen, sino descampados cercanos
en los que los chavales salíamos a jugar, con campamentos de gitanos a poca
distancia, sin apenas infraestructuras ni servicios públicos pero sí con el
orgullo de pagar lo propio con el sudor de la frente.
Maricarmen prefirió la picaresca del
siglo de oro y exprimir el limbo legal hasta el último minuto. Por
eso, cuando los políticos y los coros mediáticos repitan el mantra de la
vulnerabilidad, convendría recordar que la verdadera vulnerabilidad la sufre
una sociedad manipulada, incapaz de distinguir a una víctima de una persona que
lleva setenta años viviendo a costa de los demás. Y los jóvenes, los presuntos
“nativos digitales” que tienen en su mano toda la información, son los más
manipulables. Por cierto, después de la matraca dada por los
“sindicatos de inquilinos” y otras organizaciones anarco-islamo-comunistas de
que la señora no tenía dónde ir, resulta que ha rechazado
cualquier solución propuesta de la Comunidad y Ayuntamiento y ha preferido irse
con su familia, esa que nos decían que no tenía.
Y este caso es sólo una muestra. Cuando, tras las
próximas elecciones, este gobierno pierda el poder, las masas
aborregadas dirigidas por los de siempre encontrarán cada día una Maricarmen
para quemar las calles, lo que han hecho siempre. Así es que nos vemos en las
trincheras.