viernes, 21 de agosto de 2020

CAYETANA Y EL GRISÚ

En la minería de carbón del siglo XIX y principios del XX se usaban animales, especialmente canarios, para advertir sobre la presencia del peligroso gas grisú, una mezcla de metano y dióxido de carbono, tan mortal como invisible e inodora. Como este gas es más pesado que el aire, se ponían los canarios en el suelo y si morían era la señal de que había que salir corriendo porque el ambiente se ponía irrespirable.


Cayetana Álvarez de Toledo ha sido durante los últimos dos años mi canario en el Partido Popular. Como Albiol y, en menor medida, como Iturgaiz. Hubo otros, como María San Gil, que notaron pronto ese gas.

Con ellos ahí, personas como yo o como Rosa Díez, por ejemplo, hemos confiado en que el PP podría haber superado sus miedos y autolimitaciones para abordar, ahora sí con valentía, los asuntos de Estado. Desde nuestras diferencias, porque no estamos en la misma línea política, algunos hemos visto que en ciertos asuntos el PP estaba ahora por la labor de dar la batalla al extremismo que nos amenaza, en lugar de meter la cabeza bajo el ala, como hiciera Rajoy.

Craso error, el nuestro y el de muchos más.

El poder paga bien a los suyos. Los dos partidos principales desde la Transición se han encargado de centrifugar a los llamados “versos sueltos”. Por no hablar de la corrupción, claro. En el PSOE expulsaron a Pablo Castellano en 1987 por denunciar corrupción interna. Desde entonces, docenas de condenas han manchado al partido del puño y la rosa, entre ellas la de los ERE, la mayor condena por corrupción jamás impuesta en España. En el PP no necesitaron expulsar a nadie porque su selección de personal era mucho más certera: sólo subían los incondicionales y han tenido muy pocas denuncias internas, por no decir ninguna. Sólo gente extravagante como Marjaliza o Marcos Benavent, el “yonqui del dinero”, que han cantado cuando ya se han visto tras los barrotes, pero nadie desde dentro había advertido de nada de aquello públicamente.

Pero, sin necesidad de tocar temas monetarios que han dado para varios libros, tanto PP como PSOE mantienen una estructura férrea donde sólo está permitido el aplauso al jefe y lo demás se considera, como bien le ha dicho Casado a Álvarez de Toledo, “poner en cuestión la autoridad” del líder.

Los partidos instalados en el Congreso ahora no son la representación de un conjunto de personas con motivaciones políticas dispuestas a mejorar la situación de España, sino simples estructuras piramidales de poder, herramientas, muy subvencionadas por cierto, para alcanzar la cima y mantenerse. Y para eso no se necesitan librepensadores ni gente que diga la verdad, ni personas cultas, ni valientes… De hecho, estorban. Sólo se necesita obediencia. No quieren a nadie que le recuerde a su líder que es mortal.

Hace un tiempo se habló de la posibilidad de que Feijóo optara al puesto de Presidente del PP. El gallego no ha necesitado hacer eso personalmente y tiene todo atado y bien atado en Madrid. Para qué complicarse la vida cuando ya tiene en Génova a un propio para estas cosas.

El cese de Cayetana recuerda por fuerza a la salida de Rosa Díez del PSOE de Zapatero en 2007. No es casual que ambos hechos hayan sido por las mismas razones: el abandono por parte de sus partidos de sus ideas tradicionales, el acomplejamiento acomodaticio, el miedo a la opinión publicada, el dejarse llevar por una corriente progre y el acoso que ambas sufrieron desde las estructuras de su propio partido durante meses por parte de los genuflexos y de los que esperan la galleta y la palmada en la espalda del líder. Y la recompensa en forma de prebenda.

Ha ganado lo gris, lo acomodaticio, lo cobarde, lo vulgar. Incluso lo zafio. Han triunfado los templadores de gaitas, los marianistas que tanto mal han hecho a este centro derecha de cartón-piedra que demostró todo lo que sabe hacer en aquella aplicación acomplejada del art. 155 en Cataluña, que no sólo no sirvió para nada, sino que agravó la situación que, en teoría, pretendía remediar.

A Cayetana la ha cesado el dúo Sánchez-Iglesias en connivencia con los marianistas, la quinta columna de la socialdemocracia del PP, a la que siempre ha aludido Esperanza Aguirre y de cuyas afirmaciones se reían muchos. Casado sólo ha ejercido de portavoz de todos ellos.

Esta maniobra ha sido como si los británicos hubieran preferido en 1940 cesar a Churchill para poner a Chamberlain.

Con el cese de Cayetana no sólo ha perdido el Partido Popular, hemos perdido todos los que amamos España, las libertades individuales, la dignidad, la verdad y el verbo ágil, certero y valiente en el Congreso.

La última cobardía del PP es la de no apoyar a Cayetana con el recurso que ésta ha presentado ante el Constitucional contra el borrado de sus palabras de la sesión del Congreso en la que dijo que el padre de Iglesias era un terrorista. Y la última bajeza, la de pretender comprarla ofreciéndole la presidencia de una fundación.

Con Cayetana, a todos se nos ha muerto el canario del Partido Popular. Ahora sabemos, sin lugar a dudas, que el grisú ha vuelto, si es que alguna vez se fue, a la sede de Génova a hacer el ambiente irrespirable para la libertad y para la necesaria batalla de las ideas y de la cultura, como bien ha denunciado la ahora cesada.

El PP nunca se ha merecido a Álvarez de Toledo. Ni a nosotros.

Publicado en minutocrucial.com el 19/8/2020

jueves, 13 de agosto de 2020

PODEMOS ES INOCENTE


(Publicado también en minutocrucial.com)

Claro que lo es. Inocente, como todos, hasta que se demuestre lo contrario. Es inocente porque en España las culpabilidades no las deciden los gobiernos ni los diputados, sino los tribunales.

Por fortuna, tenemos un Estado que no ha sido diseñado por un régimen comunista, como esos en los que la decisión del líder basta para ir a un campo de concentración o para ser asesinado aun después de rendirse, como le sucedió a Óscar Pérez en Venezuela. Un Estado en el que hay libertad de prensa y la existencia de medios privados no ataca la libertad de expresión, al contrario de lo que aseguraba Iglesias en su época abiertamente chavista.

Tenemos también un Estado garantista en el que hacen falta pruebas para condenar a alguien, al revés de lo que se está haciendo con el Rey Juan Carlos, en un movimiento instigado desde filas podemitas y nacionalistas, cuyas sentencias se pueden recurrir a diferentes niveles.

De lo que sí es culpable es de aumentar el extremismo en la política española, de tensionar la sociedad. Es culpable de subirse a lomos del zapaterismo bobo y engolado, adelantándolo por la izquierda, y de crispar la sociedad hasta niveles no vistos ni siquiera en los primeros años de la Transición. Tanto es así que ha procreado también en el PSOE, donde hay podemitas camuflados tan renombrados como Adriana Lastra o Ábalos, que lo mismo se fotografían con Bildu que le llevan las maletas a una ministra bolivariana, siempre con el peculiar estilo ácido y zafio en sus intervenciones de cualquier dirigente morado.

Desde que Podemos anidó en la política española, ahora en compañía de “nazionalistas”  y socialistas, se busca el revisionismo, el enfrentamiento continuo, el señalamiento y la subversión callejera.

La hoja de ruta es bien sencilla: primero, diferenciar; segundo, enfrentar; tercero, separar y, cuarto, reprimir.

Empiezan diferenciando en eso tan simplón como “los de arriba y los de abajo”, la casta y la gente, nosotros y ellos. Eso es política de garrafón, antipolítica. Pensamientos simples para receptores simples. Dejo para otro día lo de la transmutación de denunciantes de la casta a multimillonarios privilegiados.

El paso lógico siguiente es enfrentar. Los de abajo son los oprimidos y deben “asaltar el cielo” en el que habitan los de arriba, exacta y literalmente como sucede en la película “Elisyum”, en la que los pobres viven en la Tierra y los ricos en una estación espacial a la que aspiran a invadir los anteriores. El mensaje de Iglesias de “ya es hora de que el miedo cambie de bando” es exactamente eso: crear el odio necesario para hacer explotar los enfrentamientos e infundir miedo. Y de ahí los escraches a Rosa Díez, Cristina Cifuentes, organizadores de un homenaje a Cervantes en Barcelona o la persecución al Juez Llarena y su familia. Se trata de eso, de crear pánico entre la gente de bien para retorcer el brazo de la Libertad y la Justicia.

El tercer paso es separar, de ahí la alianza con los nacionalistas. Aquí han colaborado también el PSOE y el PP por su complicidad e inacción, no necesariamente siempre en ese orden. La voladura del Estado del 78 pasa por exacerbar las diferencias de todo tipo e inventarse otras. Los dos grandes partidos se lo pusieron fácil. Los términos “hecho diferencial”, “lengua propia” o “derechos históricos” tolerados por esos partidos han sido utilizados por Podemos para pedir abiertamente una república plurinacional (también la pide el PSOE en sus estatutos) y reconocer un derecho inventado, como el de la autodeterminación, derecho que ya llegan a pedir hasta para Andalucía en el colmo del absurdo.

Y después de separar, si algún día lo consiguen, vendrá la represión. Imaginen ser un castellanohablante en una Cataluña independiente. O que en un País Vasco también independiente quisieran fundar un partido que pida la reunificación con el resto de España. No vivirían mucho.

Con esta antipolítica se ha polarizado el voto y fomentado la abstención de la gente que huye de opciones asalvajadas. Con el etiquetaje de “veletas” o “chaqueteros” a los partidos de centro, se ha conseguido acomplejar a sus votantes en medio de una sociedad que ignora del todo para qué sirve un partido de centro, que han demostrado muchas veces su utilidad en el resto de Europa. Los que estamos ahí situados sabemos que ese electorado está entre avergonzado, impotente y atemorizado.

Con la alfombra roja puesta por la acción insidiosa de Zapatero y la inacción tancredista de Rajoy, el podemismo ha parasitado con éxito. En algunos lugares, como Galicia, ya se están deshaciendo de ellos, pero también a costa de aumentar el nacionalismo, que es una de sus caras.

Con esa nada brillante hoja de servicios de Podemos, lo de menos es si en la causa abierta por el juez Escalonilla serán declarados culpables o inocentes. Sinceramente, daría igual. El daño ya está hecho.

Eso es una anécdota en medio del perjuicio mayúsculo que el podemismo, en sentido extenso, está haciendo a España y a los españoles. Una España que haría mejor en huir de extremos y volver a la sensatez del centro, lejos de la barbarie y la confrontación y cerca de la colaboración y el apoyo mutuo, tan necesarios para los retos que tenemos por delante.



viernes, 7 de agosto de 2020

A VUELTAS CON LA "OKUPACIÓN" EN LA POBLA DE VALLBONA


En el último Pleno municipal  del ayuntamiento en donde vivo, La Pobla de Vallbona, Valencia, se ha aprobado por unanimidad una moción de Ciudadanos para combatir la ocupación ilegal, sobre la base de la propuesta que han presentado en el Congreso.

Como decimos, se ha aprobado por todos los partidos pero el voto de varios de ellos ha sido con la boca pequeña. Ha sido un “sí, pero…”. Dice una máxima que todo lo que hay en una frase antes del “pero” hay que considerarlo como no dicho. Y aquí funciona a la perfección.

No me parece correcto diferenciar la actitud ante las infracciones a la Ley según quien sea el infractor. Y mucho menos, según quién sea la víctima. Pero, claro… ¿de qué nos extrañamos? Eso mismo exactamente es la Ley de Violencia de Genero: una norma legal que trata de forma distinta a unas y a otras víctimas de la violencia intrafamiliar. Ley promovida por los mismos que se muestran reticentes a cualquier cambio en esta materia de la vivienda.

En UPYD tenemos en nuestras propuestas políticas la siguiente:

“Se promoverán las modificaciones legales suficientes para luchar contra la ocupación ilegal de inmuebles, haciendo que el desalojo tenga carácter inmediato cuando no se pueda justificar la misma por título documental alguno, teniendo estas actuaciones carácter preferente en los Juzgados de Guardia. Todo ello acompañado, cuando proceda, de la simultánea intervención de los Servicios Sociales.

Algunos de los concejales de diferentes partidos se han permitido enumerar en el pleno distintos tipos de ocupaciones ilegales para dar algo parecido a una justificación a unas frente a otras.

En UPYD consideramos que si alguien ocupa una vivienda sin título legal, debe ser expulsado “ipso facto” y luego, si lo desea, que solucione la controversia en un juzgado, pero la posesión de la vivienda debe ser entregada al titular al instante. Casi todas las “okupaciones” acaban con el destrozo de la vivienda y robo de enseres así que todo lo que no sea eso es un error.

El señor alcalde, de Compromis, se permite recordarnos el artículo 47 de la Constitución. La misma Constitución, por cierto, a cuyos actos de conmemoración en diciembre en el Congreso no asiste su partido.

Pero resulta que ese artículo dice exactamente: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.”

Lo que no pone por ninguna parte es que ese derecho tenga que ser gratis y, ni mucho menos, a costa de otro ciudadano, sea particular, empresa, banco o cualquier otro.  De modo que, aún en el caso de un alquiler impagado por una familia honrada que tiene problemas laborales, por ejemplo, el que NUNCA es responsable de ello es el propietario, sea éste quien sea y tenga sus cuentas saneadas o no. El propietario es siempre víctima, sea cual sea su identidad y situación. Porque en esa diferenciación subyace la aversión de la izquierda por empresas propietarias de inmuebles, algunas de ellas, como los bancos, muy a su pesar y que colaboran en lo posible para buscar siempre soluciones.

El derecho a la propiedad es absoluto y no debe relativizarse según la situación económica de cada propietario.

Por supuesto, se ha resaltado en el Pleno la escasez de competencias en la materia de los Ayuntamientos, algo evidente. Pero también resulta que, como decía mi padre a menudo, hace más el que quiere que el que puede. Son muchas las formas que tiene un Ayuntamiento de demostrar a los okupas que no son bienvenidos y de ayudar a los propietarios y a los vecinos. Algunas se van a tomar, dicen. Prevemos que serán insuficientes.

En España falta vivienda social. En UPYD también tenemos propuesta en ese sentido:

“Respecto a la vivienda pública, UPYD propone dinamizar el mercado del alquiler, de manera que el dinero público destinado a promoción de vivienda se dedicará de modo exclusivo a  esta modalidad y garantizando la protección jurídica tanto del arrendador como del arrendatario.”

Ahora, deprisa y corriendo, en esta localidad quieren crear una bolsa pública de alquileres pidiendo la colaboración de los ciudadanos, puesto que serían viviendas privadas.

Hace muchísimos años que una parte del presupuesto debería haber ido a tener viviendas en propiedad para este fin, tanto en las administraciones autonómicas como locales. En lugar de eso, se mantienen, por ejemplo, infinidad de subvenciones a asociaciones de dudosa utilidad y muy poco dudosa afección al poder municipal. También se ha aumentado esta legislatura los sueldos de los concejales. Medida que, por cierto, no figuraba en el programa de ninguno de los partidos que así lo han decidido.

Confío poco en que los mismos partidos que se muestran en redes sociales, en medios de comunicación, en el Congreso y también en los plenos municipales benevolentes con estas ilegalidades tomen en consideración cambiar las leyes de la forma necesaria. Se quedarán a medio camino, como casi siempre. No olvidemos que los partidos actualmente en el Gobierno tienen a Ada Colau como referente en esta materia.

Como digo, no tengo ninguna confianza. Hagan lo que hagan, llegarán tarde y mal.

martes, 7 de julio de 2020

DICTADURA DISFRAZADA.

Una dictadura es un gobierno impuesto por la fuerza y que atropella los derechos elementales de los ciudadanos o de parte de ellos. Esto es una banalidad, pero será la única que van a leer en este artículo. Será lo único correcto en un artículo profundamente incorrecto.

Si es usted de izquierdas, le ruego que deje de leer ya porque, de aquí, lo único que va a entender es la primera frase. No sufra más. Sólo ganará pasar un mal rato.

Porque lo que muchos no comprenderán es que, para vivir en una dictadura, esa violencia se puede ejercer de muchas maneras y no sólo con armas. Hay en la Historia pasada y actual dictaduras salidas de las urnas, prueba inequívoca de que los electores, a veces sin querer y a veces queriendo, se convierten en la herramienta del dictador para llegar al poder. Es mejor usar votos que tanques pero el resultado es el mismo.

Lo que esconden casi siempre esas dictaduras es el deseo de una mayoría de ciudadanos de aplastar los derechos de la minoría, de convertirse en dictadores colectivos. Porque una democracia no es votar y que el 51 % de los electores decida cualquier cosa que se le antoje sobre los demás. Si así fuera, ese porcentaje podría servir para imponer la pena de muerte, decretar el cierre del Parlamento o impedir nuevas elecciones, por ejemplo. Y según esa visión, todo eso sería democrático porque lo habría decidido la mayoría.

Pero tampoco hay que llegar a esos extremos. En las nuevas formas de dictadura, la mayoría, a través de sus representantes, está decidiendo expulsar una lengua oficial del sistema educativo, castigar por utilizarla, legalizar el ensalzamiento a asesinos, subvencionar a sus familias, proteger a manifestantes violentos que atacan a quienes ejercen su derecho de expresión, declarar la expropiación temporal de viviendas (que es lo que supone la prohibición de desahucios) y un largo etcétera de ejemplo de derechos conculcados en nuestra España cada día.

La democracia no es el aplastamiento por mayoría de votos del rival y su negación a existir. Era fue la democracia “orgánica” de Franco o las democracias “populares” comunistas. La democracia moderna se distingue por 3 cosas fundamentales: el diálogo, el respeto por los diferentes y la imprescindible ayuda institucional a los sectores desfavorecidos, que nunca han de ser abandonados.


Eso que queda muy bonito pero no siempre se ejercen correctamente. Por ejemplo, para reivindicar el diálogo hay que ejercerlo de dos maneras para que sea creíble: sólo dentro de la Ley y siempre con quienes la cumplan. O sea: no sirve dialogar con cualquiera pero tampoco excluir a quien queramos sólo porque nos viene mal electoralmente. Dicho con ejemplos, no es razonable hablar acordar gobiernos con quienes quiere destruir España y no hablar con la oposición porque no nos cae bien.

En cuanto al segundo punto, el respeto por el diferente, en España se desprecia absolutamente cuando se trata de un diferente que no nos gusta. O sea, cuando se trata de un no nazionalista, con z, en el País Vasco, Cataluña o Valencia, por ejemplo. Ahí, con el voto mayoritario, se permiten aplastar sus derechos laborales, lingüísticos y académicos sólo por no declararse sumiso al poder. Se permite y se jalea desde el poder o sus aledaños que sean discriminados, amenazados, atacados verbalmente, apaleados y expulsados. Hoy desde el poder sólo se defiende al diferente cuando ese diferente es afín a ese poder.

Por último, en cuanto a la necesaria ayuda a los desfavorecidos, la legitimidad de la misma se ve en entredicho cuando obedece más a fines propagandísticos y electorales que de justicia social. Como dice Fernando Savater, todas las democracias occidentales hoy son socialdemocracias en mayor o menor medida porque todas ellas disponen de sistemas de Educación y Sanidad públicos, protección social, desempleo, pensiones… Y eso caracteriza, de momento, al mundo occidental.

Lo que falla aquí y ahora es utilizar esas ayudas de forma partidista. Para empezar, es injusto socialmente un sistema que premia y fomenta el desempleo, el trabajo en negro, los chanchullos, las duplicidades en los subsidios… Tenemos  un sistema que no se basa en el fomento del empleo y en la formación obligatoria para subsidiado, salvo cuando alguien tiene la oportunidad de robar en ambos programas: fomento del empleo y formación, como ha sucedido en Andalucía, con la mayor condena por corrupción en España, pero también fuera de Andalucía.

Al gobierno le interesan los subsidios sólo como forma de clientelismo. Fomenta la laxitud en su obtención como manera de asegurarse el voto y extiende el número de beneficiarios para ganarse lo que no podría hacer fomentado el trabajo, entre otras cosas, porque tampoco sabe hacerlo.


Este gobierno no es comunista. Si lo fuera, desearía una dictadura del proletariado. Y sabe que el proletariado, en sentido estricto, cada vez lo está abandonando más.

Por eso se afana en crear la “dictadura del subvencionado”, que es lo que más y mejor sabe hacer. Hemos pasado de una democracia orgánica a una dictadura popular, pero dictadura al fin y al cabo.

Que pase pronto o no y los daños que cause depende de la implicación de todos.



lunes, 4 de mayo de 2020

55 días en Pekín.


A los cinéfilos, como a los grandes lectores o a quienes les gusta la Historia, nos suena todo. Todo lo que pasa nos recuerda a una película, una escena, una anécdota de rodaje o la vida de algún artista. Y esto es lo que pasa ahora también.

Dentro de pocos días llevaremos ya 55 días confinados y es inevitable acordarse de la película ‘55 días en Pekín’. Si, nada menos que en Pekín, lo que es otro azar de la Historia.

La película se rodó en España en 1963, concretamente en Las Rozas, Madrid, y la dirigió Nicholas Ray (‘Rebelde sin Causa‘). Muestra un episodio colonial del año 1900 en China, cuando los llamados “boxers”, nacionalistas chinos, se rebelaron contra las ocupantes potencias extranjeras, la “Alianza de las 8 naciones”. En ella se narra el asedio al que los diplomáticos de estos países se vieron sometidos durante ese periodo de tiempo en el barrio de Pekín en el que residían, hasta que fueron liberados con una expedición conjunta.

Como curiosidad, en la película aparece España como uno de los países de esa ‘Alianza de las 8 naciones’,  lo cual es falso pero era una concesión necesaria al país en el que se rodaba y al régimen que teníamos por entonces. Sólo los avatares del rodaje, que no finalizó el propio Ray, darían para varios escritos.

Pues bien, hoy nos encontramos confinados atacados por un virus procedente de China, retruécano del destino. Y digo China a pesar de que un miembro del Gobierno dijo hace unos días “extremo oriente” porque, como se sabe, China ha transmitido la instrucción de que no se les criminalice en esta pandemia. Y nuestro gobierno es obediente con quien quiere serlo. Los desplantes los deja para EEUU que, como bien se sabe, es de los que deja dormir la venganza para servirla fría. Tan fría como fríos se habrán quedado en Navantia por haber perdido el contrato del siglo: 10 fragatas F-100 que ahora serán construidas por Italia en justo castigo por haber retirado Pedro Sánchez el pasado año la fragata F 104, ‘Mendez Núñez”, del grupo aeronaval del que formaba parte en el Golfo Pérsico.

Y, como Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven, nosotros llevamos ya 55 días peleando contra un enemigo superior en número, al que no le importa sacrificarse por millones y que poco a poco va minando nuestras defensas físicas y mentales.

También en este caso esperamos ayuda exterior, ahora en forma de dinero procedente de la U.E., esa de la que algunos abominan y que llaman despectivamente “unión de mercaderes” pero a la que, a la hora de la verdad, no se les cae la cara de vergüenza en pedirle limosna.

Y hete aquí que tenemos al Gobierno más caro de nuestra Historia, con más ministerios, Secretarías de Estado y Direcciones Generales que nunca, prometiendo austeridad y buen gobierno a quienes ya están escaldados con rescates anteriores, como el de Grecia, por cierto. Es como si tu vecino de abajo, sí, ese que tiene un BMW en la puerta, viaja al extranjero todos los años y viste como si viniera de desfilar en una pasarela, te pidiera para comer.

Grecia, que, como bien sabe la ministra Teresa Ribera, se encuentra al este de Europa, quizá por estar ‘de facto’ gobernada desde hace años por los sucesores de la “troika”, ha hecho mejor los deberes y se encuentra en cifras envidiables ante esta pandemia. ¡Ay, la inefable Ribera! Fue la ministra que dijo que ‘el diesel tiene los días contados’, haciendo bajar las ventas de ellos en toda España, pero ella tiene dos coches movidos por ese combustible.

No llevamos 55 días encerrados, no. Llevamos muchos más. Porque el mayor encierro que tenemos no es físico sino mental. Hace años, décadas, que no salimos de nuestro entorno, que no miramos alrededor, que nos movemos mejor entre eslóganes y pancartas que entre libros, tratados o incluso buenas películas que nos enseñen algo.

En la sociedad de la información, estamos menos informados que nunca. Tenemos tanto que aprender que nos cegamos, lo filtramos todo según nuestro prisma y, en lugar de ser esponjas somos gafas polarizadas: solo admitimos el conocimiento que estamos preparados para soportar. Los hechos que no casan con nuestras creencias, los rechazamos directamente.

Dicen que vivimos en una época con falta de fe pero no es cierto. Ahora creemos mucho más que antes en milagros. Creemos que el comunismo es bueno sin querer ver sus efectos a lo largo de la Historia. Creemos que las promesas se van a cumplir sin ver que los mismos que nos las hacen tienen un largo historial de incumplimientos. Creemos que ahora sí lo van a hacer sólo porque nos lo queremos creer. Y creemos que “los otros” son los malos sólo porque nos lo dicen “los nuestros”, sin absolutamente ningún espíritu crítico. Ahora no se contrastan las noticias y las opiniones. Simplemente, se creen o no se creen. ¿Para qué vamos a comprobar si son ciertas, si son veraces? ¿Nos gustan? ¿Nos quedan bien? ¿Nos hacen juego con lo que ya tenemos? Pues ya está, no hay que buscar más. Me las quedo. Póngame 3 del mismo color.

Y por eso, nuestros 55 días serán muy largos. Ya lo están siendo pero nos queda lo peor. Pero lo peor de que haya 25.000 muertos no es que nos duela. Es que no nos duelen. Como personas, a muchos sí nos sucede pero como sociedad, en absoluto lo estamos demostrando lo más mínimo.

En la llamada Batalla de Inglaterra, librada sobre el Canal de La Mancha y el Mar del Norte entre las aviaciones británica y alemana entre julio y octubre de 1940, murieron más de 27.000 civiles británicos, además de las pérdidas militares de ambos bandos. Había sido en mayo cuando Churchill pronunciara sus famosas palabras de "Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor".  Pues bien, nosotros llevamos ya 25.000 muertos y el esfuerzo y el sudor lo ponen los sanitarios y el resto del personal de primera línea; las lágrimas, las familias de los fallecidos pero el Gobierno sólo pone excusas, pretextos, errores, correcciones, improvisaciones y mentiras.

Este gobierno, cuyos partidos organizaron una protesta insólita por la muerte de un perro cuando la crisis del ébola, no tiene que hacer ningún esfuerzo por ocultar su dolor ahora. No lo hace porque no le duele. Tiene toda su atención concentrada en salvar sus muebles y para eso pasa por encima de todo.

Pasó por encima del responsable de seguridad en el trabajo de la Policía, cesándolo en enero. Pasó por encima de los informes, advertencias y recomendaciones de la UE y de la OMS en enero, febrero y primeros de marzo. Pasó por encima del ejemplo de Italia, que a día 6 de marzo ya contaba 200 muertos y tenía confinadas a 16 millones de personas. Caso omiso. El dia 8, 150.000 personas congregadas en Madrid. A pesar de ello, le ha faltado tiempo al Gobierno para buscar culpables en la Comunidad de Madrid, cuando debería ser la propia Comunidad la que se querellase con el Gobierno por ponerla en peligro.

El Gobierno pasó, pasa y pasará por encima de todo y de todos los que pueda, monarquía incluida, con tal de sobrevivir. Los partidos en el Gobierno van a agitar todas sus banderas, tal y como han  hecho siempre, a modo de muletas rojas, para pasarlas por delante de sus mansos votantes y ocultarles la verdad.

Esas muletas son el machismo, la igualdad, el heteropatriarcado, la monarquía, los ricos,  los bancos, los empresarios, los propietarios de viviendas, el cambio climático… O sea, justo lo que muchos están deseando escuchar y lo único que pueden procesar sin que les explote la cabeza. Y nada más. Fuera de eso, no hay programa.

Pero les auguro poco descanso. Ya tiene trabajo los abogados del Gobierno ante la avalancha de querellas que les están preparando.

Dentro de poco se cumplen 55 días desde que estamos sitiados por un bicho que vino de Pekín con la diferencia de que nadie va a venir en nuestra ayuda. Pero la mayor enfermedad ya la teníamos aquí con nosotros. Unos la conocen como socialismo. Otros, como comunismo. No es eso. Yo la llamo simplemente incultura y falta de criterio.

martes, 28 de abril de 2020

LA POBLA DE VALLBONA HA MUERTO.



Hoy he salido a la calle y no hay nadie. Pero nadie. Nadie por la calle, nadie en las tiendas, nadie en sus casas, nadie en ningún sitio… O sea, nadie de verdad.  Ayer yo vivía en una localidad de 24.000 habitantes. Hoy estoy solo. A todos se los ha llevado esta peste del siglo XXI. Todos los habitantes de La Pobla de Vallbona han desaparecido. Ayer este era un pueblo vibrante. Hoy no queda nadie. Y seguro que yo moriré mañana…

O esa es la idea que muchos deberían hacerse para entender mejor la tragedia que estamos viviendo en España. Porque nos perdemos, o nos llevan a perdernos, mejor dicho, en curvas, picos, ratios, comparativas y “desescaladas”. Pero no vemos la verdad.

Porque esa que yo hago al principio es la comparación que nadie se hace. Sólo en un mundo donde ahora todo se relativiza, se puede entender que con 24.000 muertos aún sigamos sin decretar luto nacional permanente, sin banderas a media asta y sin programación en medios públicos adecuada a esta tragedia, no comparable en España con nada desde nuestra Guerra Civil. Hemos preferido esconder a los muertos y con ellos, nuestras propias culpas. Hemos estado ocupados desenterrando otros cadáveres pero estos no nos interesa que se vean. Por eso cada día nos dan la cifra y la oímos ya como si oyéramos el número de la lotería.

Tenemos unos gobernantes a nivel nacional, regional y local absolutamente impávidos ante esta debacle. Algunos han hecho el paripé de decretar un día de luto y luego, vuelta a la normalidad. Vuelta al “Resistiré”. Porque eso es lo único que les interesa: resistir en sus cargos, pase lo que pase y hayan cometido los errores que hayan cometido.

Aquí no dimite nadie. En España tenemos un Gobierno que, por boca de Marlaska, dice que no hay por qué pedir perdón. En Valencia, un presidente autonómico que sí ha pedido perdón con la boca pequeña pero que no ha dimitido él ni cesado a ningún responsable de Sanidad. En la Pobla de Vallbona sufro de un gobierno municipal que pagó con mi dinero un autobús para llevar a los suyos a la manifestación del 8M y que insiste en los lugares comunes de que no hay que criticar sino arrimar el hombro o de que en Madrid lo hacen peor. Brillante discurso el que tienen… Pero ni una palabra de reproche hacia el Gobierno que, según ley, tiene la responsabilidad de trasladar al país las alertas sanitarias y tomar a tiempo las medidas adecuadas. O sea, que no les advirtió y permitió que corrieran un riesgo innecesario ese día y que nos lo hicieran correr al resto del pueblo. Vamos, ni un reproche hacia los partidos de los que depende su sueldo.

Tenemos al mando a una izquierda, y algún que otro arrimado colaborador, con un guión aprendido: primero, que “es una pandemia global que ha afectado a todos”; segundo, “hemos hecho todo lo posible”; tercero, “padecemos ahora los recortes del PP” y cuarto, “la ultraderecha lo habría hecho peor”.  Y vuelta a empezar. No hay más criterio que ese ni más razones.

Esa es su nula asunción de culpas, su aversión a la democracia, su desprecio por la verdad, su odio por la oposición y, por supuesto, su impasibilidad ante los muertos.

Pero no tienen ellos solos la culpa. Sólo una sociedad decrépita y sin valores es capaz de salir al balcón a bailar cuando una localidad como esta, de 24.000 habitantes, ha desaparecido entera. Somos una sociedad enferma que llora por un perro, que se desnuda y se pinta de rojo para protestar por la tauromaquia pero que luego sale a cantar cada día con 24.000 muertos delante y que hace comedias en su televisión pública sobre ello.

Sólo una sociedad viciada, ciega, acomodada en la miseria moral y cobarde como la que tenemos ahora es capaz de perdonar a estos gobierno sus atentados contra la democracia y la dignidad de la personas.  Tenemos una mayoría de gente sin alma y acostumbrada a que les mientan.

No espero nada de ellos. Todos mis vecinos de La Pobla han muerto. Y lo que me temo es que también lo hayan hecho en toda España.


sábado, 21 de marzo de 2020

MATAR AL PADRE.


Hace pocos días estuve revisitando, ahora junto a mi hijo de 13 años, la película “Fuga de Alcatraz” (1973) de Don Siegel, con Clint Eastwood como protagonista. Para mí, es una de mis favoritas de ambos. Y eso que Siegel dirigió también, por ejemplo, “La invasión de los ladrones de cuerpos”, “Dos mulas y una mujer” o “La jungla humana”, su mejor obra con diferencia, en mi humilde entender.

Vista con los ojos de hoy, me doy cuenta de que hay algo que ahora no se ve en ninguna película. Lo primero es que no actúa apenas ninguna mujer, excepto en un brevísimo papel con 4 planos, lo que daría hoy para una protesta de los sindicatos de actores y organizaciones feministas. Lo segundo es que todos los personajes, casi sin excepción, son  entrados en la cincuentena o sesentena ya. Y tanto los presos como los funcionarios de prisiones. El más joven debe andar por los treinta y muchos y son uno o dos, ninguno como actor principal. No hay adolescentes ni jóvenes musculitos, como aparecen ahora en todas partes, lo que, sinceramente, me pareció un oasis de racionalidad, alejado de excesos hormonales y sentimentales al uso ahora

Pues bien: resulta que cada época tiene sus diferencias y ahora, con “millenials” por doquier, no se entienden planteamientos como los de esa película si no se sitúan en su exacto contexto.

Y eso de ver las cosas en su contexto es válido para todo. Porque yo no quería hablar de cine, por mucho que me entusiasme, sino de la realidad más actual, que me entusiasma cada día menos.

Vamos avanzando: en Europa hay muchas antiguas casas reales no reinantes que, mal que bien, han sobrevivido a las vicisitudes, revoluciones comunistas instadas por la URSS en su mayor parte, que acabaron con sus mandatos. Algunos de sus integrantes han podido volver desde el exilio y recuperar incluso parte de sus bienes incautados en su día. Hasta el rey Simeón de Bulgaria ganó en 2001 las elecciones en su país y fue primer ministro durante 4 años. Muchas de esas casas sobreviven con bastante decoro y algunos de sus miembros son profesionales de éxito y se han adaptado a un paisaje menos palaciego casi siempre. Como las de Grecia, de la que procede nuestra Reina Sofía, Rumanía, Baviera o Bulgaria, por ejemplo.

Aquí, en España, también hubo ejemplos de exilios.

En 1868, la reina Isabel II viajó a París tras triunfar una Revolución improvisada que no nació como tal y ya no volvió a España jamás. Durante su larga vida vio desde allí la I República, el reinado de Amadeo de Saboya, el de su hijo Alfonso XII, la regencia de  María Cristina de Habsburgo y el reinado de su nieto, Alfonso XIII, hasta su muerte en 1904. Durante esos años, como parece evidente, España no sufragó seguramente ninguno de sus gastos personales, sino que su fortuna, acumulada y distribuida, como suelen hacer las casas reales, en varios países, propició su sustento.

Seguimos: el 14 de abril de 1931, Alfonso XIII también abandonó España con la esperanza de evitar enfrentamientos,  tras triunfar en las elecciones los partidos monárquicos pero ante la victoria republicana en las grandes ciudades y los movimientos violentos que sucedieron. Y se proclamó una república que jamás, por cierto, se aprobó en referéndum, con una constitución no refrendada nunca por los ciudadanos y con unos presidentes de los cuales ninguno fue elegido en las urnas. El Rey vivió en varias ciudades europeas y pasó los últimos años en Roma, donde murió en 1938, el mismo año en que nació su nieto Juan Carlos. Durante esos años y las siguientes décadas, la Casa de Borbón se mantuvo gracias a la previsión aprendida de sus antecesores, por la cual había depositado parte de su fortuna en Suiza y otros países.

Todo este preámbulo larguísimo, querido lector, es para hablar de D. Juan Carlos I, por supuesto, como algún avispado habrá intuido. 

D. Juan Carlos, “Juanito”, nació en el exilio de Roma y vivió luego en otros lugares. No pisó suelo español hasta cumplidos los 10 años, por lo que la sensación de vivir exiliado y con la maleta siempre hecha la tuvo desde su nacimiento. Desde esa primera visita a España en 1948 hasta su acceso al trono en 1975 pasaron muchas cosas y muchas incertidumbres. Entre otras, el enfrentamiento con su padre que quedó cerrado en 1977 con un discurso de Don Juan y un abrazo entre ambos que hoy, cuando lo vuelvo a ver, me llena los ojos de lágrimas. Don Juan tenía defectos pero supo recomponerse y acabar su vida de forma mucho más que honorable.

Después llegaron también sobresaltos, como el fallido golpe de Estado de 1981. Si no es fácil la vida de casi ningún Jefe de Estado, en España esa es una profesión de riesgo.

Dije antes que cada cosa hay que interpretarla contextualizada en su tiempo y en las circunstancias que la rodean.

Según todos los informes, D. Juan Carlos obtuvo en 2010 de sus amigos saudíes comisiones por mediar en el tren de Medina a La Meca, un histórico contrato multimillonario del que se beneficiaron importantes empresas españoles, que ganaron no sólo dinero sino prestigio internacional para acometer nuevos retos. Dichas empresas competían con otras de primera línea francesas y alemanas que se quedaron con un palmo de narices.

En términos legales, ese dinero no ha sido robado a nadie porque se lo entregó directamente la Casa Real saudí. El posible delito de D. Juan Carlos es quizá el de ocultarlo a efectos fiscales. En términos morales, por supuesto, parece reprobable hoy el que un Jefe de Estado obtenga personalmente beneficios por hacer su trabajo aparte de la asignación que tiene del erario público. 

El robar al pueblo directamente es una práctica habitual en monarquías absolutas como las del Golfo Pérsico, la marroquí y otras. El Rey de Marruecos, por ejemplo, es dueño de parte de las empresas más importantes del país y una de las mayores fortunas. Y también, por supuesto, en algunas repúblicas, como la cubana o venezolana, de las que se sabe que existen fortunas y testaferros por medio mundo. No hay más que ver quiénes han comprado docenas de viviendas de millones de euros en el barrio de Salamanca en Madrid. Y nada de esto se le parece.

Lo que hizo Juan Carlos I es un error. Pero el nuestro también lo es.

El nuestro es de apreciación. Estamos aplicando consideraciones morales actuales a un hecho que tiene más que ver con la Historia pasada, con la experiencia que vivió el Rey desde la cuna y que le dice que hay que ser precavidos, que las coronas a veces se caen de la cabeza  y que los destinos de las casas reales pueden acabar mal. En algunos caso, muy mal, como sucedió con la Casa Imperial rusa de los Romanov.  Una de mis máximas personales es la de que hay que tener previstos hasta los imprevistos y eso, exactamente, es lo que ha hecho Juan Carlos I ocultando ese dinero no robado, sino regalado, quiero repetir.

Estamos juzgando en 2020 algo que viene de 1931, de 1868 y de más atrás. De otros sitios y de otros siglos. De muchísimos siglos. Y es con esos ojos con los que yo veo, entiendo y hasta exculpo en gran parte los actos de Juan Carlos I. Él es hijo de su tiempo, de su linaje y de la Historia y muchos de nosotros somos hijos apenas de nuestros padres, de nuestra familia más cercana, de nuestros amigos de instituto o compañeros de trabajo. Y de políticos cuyos programas caben en los eslóganes de 4 camisetas fabricadas en China y que saben pescar en río revuelto en su propio interés.

Juan Carlos I tiene ya 82 años. Tenía sólo 10 menos cuando cobró ese dinero. Por ley de vida, esa fortuna no es para él, ni falta que le hará, y eso ya lo sabía entonces. Queda por ver si es verdad que regaló 65 de esos millones porque eso cuadra muy mal con la noticia de que el pasado año se le comunicara por escrito a Felipe VI que era beneficiario, sin su conocimiento,  de unos fondos de inversión extranjeros, a los que ya ha renunciado. Supongo por ello que, de ser cierto ese posible regalo, cosa que me extrañaría no por el hecho sino por la cantidad, no sería la única fortuna de la que dispusiera D. Juan Carlos en el extranjero.  Estoy seguro de que habrá más en más sitios.

El destino original y principal de ese dinero oculto, el que sea, que tenga acumulado D. Juan Carlos, estaba destinado a prevenir los imprevistos, como siempre habían hecho no sólo los Borbones sino todas las casas reales. Imprevistos  que pudieran acontecer más a su hijo que a él porque, con esta edad, ya hay pocos imprevistos que le puedan suceder a uno.

Podría parecer que lo siguiente que voy a hacer es llamar ingrato a Felipe VI por su actuación para con su padre Nada más lejos. No lo haré porque no me lo parece. Ha actuado como corresponde hacerlo. Ha puesto a la Corona y a España por encima de la persona de D. Juan Carlos y de la de él mismo. Ha hecho lo que corresponde hacer, por muy doloroso que le esté resultado. “Matar al padre”, según el concepto freudiano, no es fácil. Según Freud, “matar al padre” es liberarse de la influencia del pasado histórico y construir tu propio sitio. No es tan fácil como sacrificar una pieza de ajedrez para mantener la ventaja o evitar el jaque. Seguro que no lo fue para D. Juan Carlos en su día enfrentarse a su padre y no lo estará siendo para Felipe VI.

El Rey ha demostrado que es un rey del siglo XXI, con fe en el futuro de España y de la Corona, conocedor de la sociedad en la que vive y de las distintas percepciones morales que se tienen ahora. No desea ataduras con el pasado que lo puedan limitar, más allá de las formales e históricas derivadas de su condición y de la nuestra como nación. Felipe VI no nació en el exilio, como su padre, pero tampoco en el seno de una monarquía constitucional sino de una dictadura implacable nacida tras una república sectaria no menos implacable con sus adversarios, idealizada por la izquierda retrógrada actual. Sabe de dónde viene y también hacia dónde tenemos que ir. Y sabe que lo tenemos que hacer juntos.

Por ello, comprende que el mejor baluarte hoy de la democracia en España es la Corona. Somos una sociedad ahora muy enfrentada y dividida, llevada a extremismos por gobernantes interesados, revanchistas y cortoplacistas, con ciudadanos con escasa cultura política, nulo criterio y nada de respeto hacia nosotros mismos. En estas circunstancias, sólo la Monarquía Constitucional puede hacer que todos nos sintamos iguales y con los mismos derechos y libertades y recuperemos la unidad y el orgullo de compartir una nación. Sólo la Monarquía puede defendernos de sujetos como los que nos han metido en la crisis actual y de quienes les apoyan.

Sólo eso, y con la ayuda de muchos de nosotros, puede hacer que no se encaramen a la Jefatura del Estado irresponsables como los que han llegado al Gobierno. Y ya hablaremos de eso otro día.

Juan Carlos I quedará siempre en la Historia como un gran Rey que impulsó y defendió la democracia en España y estos errores no van a borrar esa magnífica obra. Igual que el cabezazo a Materazzi no acabó con la imagen de Zidane.

Seguro que, a pesar de todo, Felipe VI se siente muy orgulloso de su padre. Yo también de haberlo tenido como Rey. Creo que Felipe VI ha hecho lo que debía hacer, aunque el inmenso dolor que ese sacrificio le esté produciendo sólo lo sabe él. 

Yo, Majestad, humildemente, se lo agradezco.